VIAJES EN TERCERA PERSONA. DAROCA

   Con unas murallas y un imponente castillo que al viajero se le antojan inexpugnables, y con razón, pues la historia le enseña cómo Daroca fue, y más de una vez, durante la Edad Media, baluarte infranqueable en las apetencias de Castilla por el Reino de Aragón, Daroca recibe al viajero, dándole paso por la Puerta Baja, la más antigua y juzga el viajero que también la más hermosa de las que tiene la ciudad. Cruzar el arco de la puerta, es verse en la calle Mayor llena de comercios y gente que, de principio a fin, es decir, desde la Puerta Baja a la Alta, camina por ella: visitantes o vecinos, unos curiosos, dedicados otros a sus compras y haceres cotidianos. Lee el viajero que antes que calle fue rambla y poco cuesta al viajero creerlo, pues por Daroca pasa el río Jiloca y hacía él discurren cauces de muchos barrancos que, vistos en el mapa, son paralelos a la gran calle. Pero la naturaleza rara vez cede a los caprichos del hombre, y no por ser calle las aguas que bajaban de las tierras altas dejaban de buscar salida por su camino natural, el que ahora los hombres querían para sí. Y si dicen que la necesidad agudiza el ingenio, los darocenses lo desplegaron en poco más de cinco años, eso sí, a base de pico y pala, pues entre 1555 y 1560 construyeron un túnel, La Mina, de más de setecientos metros de largo, seis metros de ancho y ocho de altura, que atraviesa el cerro de San Jorge y canalizaba las torrenciales aguas que hasta entonces amenazaban la ciudad. Y fue tan perfecta la obra que, aunque fueron dos brigadas las que comenzaron a excavar el monte, una a cada lado del cerro, cuando coincidieron en el centro, resultó tan recta la mina que la luz del final del túnel se veía desde cualquiera de las dos entradas.


Daroca. Puerta Baja

   Cerca de la calle Mayor el viajero encuentra la Colegiata de Santa María, templo si no hecho, sí rehecho para la veneración de los famosos Corporales de Daroca. La historia de estos corporales transcurre lejos de Daroca, pero quiere el viajero recordar aquí cómo fue que llegaran hasta Daroca aquellos paños.

   Tras la conquista de Valencia, en 1238, por Jaime I, las tropas cristianas avanzan hacia el Sur. Al año siguiente, guiados por Berenguer de Entenza, tío del rey Conquistador, soldados de Aragón están próximos a Luchente y al castillo de Chío. El 23 de febrero de 1239 se prepara un combate entre cristianos y agarenos. Acompaña a las tropas aragonesas el capellán Mateo Martínez, darocense de la parroquia de San Cristobal, que para obtener la gracia del Todopoderoso oficia una misa. Cuando las tropas de ambos bandos iban a entrar en combate el sacerdote oficiante ocultó las sagradas formas bajo unas rocas para salvaguardarlas de la barbarie infiel, caso de ser capturado. Cuando al terminar la contienda, con victoria cristiana, el prudente clérigo fue a recoger las hostias envueltas en los corporales, éstos teñidos de rojo guardaban ahora convertidas en carne de Cristo los trozos de pan ácimo puestos por el capellán. Comprobado el prodigio, para venerar aquellos milagrosos corporales, unos quisieron que quedasen allí, y que en el lugar de la batalla se levantara una ermita; otros que, como el capellán Martínez, se llevaran a Daroca. El desacuerdo se dejó en manos de la providencia. Se guardaron los corporales en unas alforjas puestas a lomos de una mula y se dejó que fuera ésta la llevara los corporales donde su libre albedrío dispusiera. Y así fue cómo la mula, llegando a Daroca, se detuvo y cayó fulminada. Allí quedaron los corporales, y allí se conservan aún en la colegiata de Santa María.


Daroca. Colegiata de Santa María.

   El viajero queda un poco decepcionado, un sentimiento que cuantifica así, por no emplear el más contundente y absoluto de ver totalmente frustradas sus ganas de ver el templo. Hay veces que hay suerte y las puertas de la Casa de Dios están abiertas, como parece que deberían estar siempre. Otras, encontrándolas el viajero cerradas, acaba entrando: “Llamad y se os abrirá” dijo el evangelista San Lucas; y otras viéndolas cerradas a cal y canto, parece que sean las puertas del cielo, que San Pedro las guarde y al viajero le vete el paso, pues no hay manera de entrar donde el viajero quiere. Y así le sucede al viajero, que San Pedro está de guardia y el viajero se queda con las ganas. No es día ni hora de abrir. Y es que el viajero traía aprendido que hay en la Colegiata capillas, como la de los Corporales, y pinturas murales de cierto interés, que el viajero se queda con las ganas de ver, pero no de avisar de que están y de desear a quien vaya detrás de él que la fortuna le favorezca.

   Se conforma con ver por fuera el templo, que fue remodelado en su anterior fábrica y dejado como hoy está a finales del siglo XVI por el arquitecto Juan Marrón. El viajero pese a todo, no está triste por el contratiempo. Daroca es encrucijada, lugar de mucho paso para otros muchos sitios, y sabe que volverá a pasar por aquí otra vez. Quizás entonces San Pedro, sonriente, le espere con las puertas abiertas.
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EL PASTELERO QUE QUISO SER REY

   Mucho tuvo que ver el destino para que la siguiente historia llegara a ocurrir, pues sus tres protagonistas allí vivían y allí se conocieron; pero aunque el azar los reunió, fueron ellos los que, por el enredo de uno y la ingenuidad y ambición de los otros, escribieron su propia suerte.

                                                       *

   De profesión pastelero, unos dicen que fue concebido en Lisboa, otros que en Toledo, lo que sí se sabe es que fue en esta ciudad donde nació Gabriel de Espinosa, seguramente hacia 1555, aunque fue luego en Madrigal donde vivió, y por tener un obrador donde preparaba pasteles, fue conocido como el pastelero de Madrigal.

   Era Gabriel bien parecido, de cabellos rubios, bien educado y su piel estaba adornada con cicatrices, que decía eran trofeos de su valentía en los campos de batalla. Su parecido con el desaparecido don Sebastián de Portugal era notable. Y es que al morir el príncipe Juan de Portugal y regresar a España doña Juana de Austria, tras nacer el infante don Sebastián, fueron llamados para ocuparse del pequeño príncipe portugués los marqueses de Castañeda. Había en el séquito de estos señores una dama llamada María de Espinosa de tan cautivadora belleza que el rey Juan III, sucumbiendo a sus encantos y a sus propias pasiones, que en estas cosas son siempre dos los que hacen y deshacen, la dejó encinta. Al saber los marqueses de aquel embarazo decidieron alejar a María de Lisboa, enviándola a Toledo, donde nació un niño, que por ser hijo de don Juan III de Portugal era a su vez tío del nacido poco antes don Sebastián, el futuro rey. Sea su gran parecido con don Sebastián por su parentesco o por un azar de la naturaleza, pues lo primero navega entre lo posible y el mito, y lo segundo es mera probabilidad, el caso es que Gabriel de Espinosa no dejará pasar la ocasión cuando se le presente.

                                                       *

   Ana de Austria nació en Pastrana, pero vivió desde niña en Madrigal, si así se puede llamar a su existir encerrada como novicia primero y monja después, sin tener vocación por la vida contemplativa.  Era hija de doña María de Mendoza y don Juan de Austria. Un amor propiciado por la princesa de Éboli, que se tornó pasajero, o al menos intermitente y discreto, pues para evitar el escándalo, doña María fue alejada de la corte al conocer doña Ana, la siempre intrigante princesa de Éboli, el embarazo de su sobrina. A los seis años la niña nacida de aquellos amores ya había ingresado en el Real Monasterio de Nuestra Señora de Gracia el Real de la villa de Madrigal. Allí fue creciendo, estudiando, olvidada de todos y sin afectos. Allí fue donde conoció la desaparición del rey de Portugal don Sebastián y supo de la muerte del hermano del rey don Felipe, don Juan de Austria, el héroe admirado por todos que, sin saberlo, era padre suyo. Y allí fue donde la sobrina del rey Prudente conoció a Gabriel de Espinosa, del que ni rey ni roque, conseguirá otra cosa que enamorarse de él.

                                                        *

   También en Madrigal vivía por entonces fray Miguel de los Santos, un agustino, confesor en la corte lisboeta de don Sebastián de Portugal que, al morir el rey en Alcazarquivir, fue desterrado por Felipe II, pues antes que a favor de su partido por la corona portuguesa, se puso de parte de don Antonio, el prior de Crato, aspirante al trono luso. Hecho el acto de contrición por sus veleidades políticas, lo que le permite estar en una aceptable posición en Madrigal, no parece asumir ningún propósito de la enmienda y sus caprichosas maniobras en contra del rey Prudente vuelven a presentarse en él. Poco más cabe decir de este fraile, como no sea que es el lazo que une a Gabriel de Espinosa y Ana de Austria. Sin él la historia de esta impostura nunca hubiera sido.

                                                       *

   Hacía 1582 llega a conocimiento de Felipe II la existencia de una sobrina suya a la que no conoce. Le dicen que es novicia en Madrigal, y aunque en un primer momento produce irritación en el rey que se le haya ocultado el asunto, pronto se inician algunos trámites para el reconocimiento de la joven como miembro de la casa real, aunque nada se haga para sacarla del estado conventual en el que se encuentra. Así pasan los años hasta que el 12 de noviembre de 1589 Ana de Austria toma los votos en Madrigal. Para entonces el confesor de Ana, Miguel de los Santos, ya conoce a Gabriel de Espinosa. No es extraño de así sea, y tampoco que habiendo sido confesor de don Sebastián en Lisboa, aprecie el gran parecido del pastelero con el mítico monarca luso y comience a urdir un plan para el sosias que la providencia ha puesto en sus manos.

   Comienza el fraile por persuadir a doña Ana de los grandes destinos que en sueños, por designio divino, ha visto para ella: el de ser esposa de don Sebastián y reina de Portugal. La insistencia del fraile en las visiones que dice tener hace fácil la disposición de la monja, que carente de vocación  por las cosas de Dios, cree que los sueños de Miguel de los Santos son anticipo de la realidad. No ha costado mucho tampoco al astuto agustino convencer a Espinosa que su parecido con el rey portugués desaparecido, pero no muerto a decir de todos, puede ser la oportunidad que la vida le ofrece para alcanzar grandes empresas, y que con la ayuda de doña Ana, la sobrina del rey, más deseosa de lucir brocados y sedas que el hábito que aborrece, podrá hacerse realidad. 

   Para dar crédito a ello el falso don Sebastián escribe palabras de amor y promesas de grandeza a la ingenua monja. Doña Ana, enamorada de don Gabriel antes que de Dios, entrega al impostor unas joyas para financiar la empresa, pues lleva Espinosa tiempo exhibiéndose y su fama va creciendo. De ello se ocupa el antiguo confesor real. En Portugal crece la idea de que pronto volverá don Sebastián a ocupar el trono luso que ahora ocupa Felipe II, cuyo fin, dada su edad, creen próximo, como también lo creen los nuevos pretendientes.

Fotografía tomada del libro España histórica de Antonio Cárcer Montalbán.
Ediciones Hymsa. 1934

   Pero tanto alboroto, como es natural, no hace sino llamar la atención de las autoridades y, una vez más, es el azar el que marca el guión de la historia: está Espinosa en Valladolid, cuando una mujer con la que ha hecho cierta amistad, descubre que Gabriel guarda joyas de valor impropias de su condición. Temerosa por verse involucrada con quien pudiera ser incapaz de justificar la posesión de piezas tan valiosas, da cuenta a la Justicia. Tras las primeras indagaciones, se le descubren a Espinosa una miniatura con el retrato de doña Ana, una sortija, con otro retrato, éste del rey don Felipe, relojes y otras piezas variadas. Rodrigo de Santillán, Alcalde de Corte de la Chancillería de Valladolid, le interroga. Dice Espinosa, que es pastelero en la villa de Madrigal y que le fueron entregadas por doña Ana, monja de Santa María, para su reparación o venta. Sospecha don Rodrigo de la versión del pastelero, ordena que se le detenga, y prosigue sus pesquisas, que ahora se dirigen hacia la dueña de las joyas.

   Y hasta el convento llega el alguacil Cerecedo con el aviso para doña Ana de lo sucedido, del rescate de sus joyas y el prendimiento de Espinosa. Doña Ana defiende a éste, y responde que son suyas las joyas y que ha sido ella la que de grado ha entregado a don Gabriel las mismas para su venta.

   Pero Santillán desconfía. Obstinado en conocer la verdad, llega a sus manos una carta de doña Ana y otra de su confesor Miguel de los Santos, dirigida a Espinosa. Las cartas resultan comprometedoras. En ellas, antes que las palabras de amor, alarma al Alcalde comprobar que Espinosa recibe el trato de Majestad por la sobrina del rey. Y aún hay más. Un nuevo personaje, el confesor De los Santos, antiguo conocido del rey don Felipe, entra a formar parte de la enmarañada trama. Santillán se propone penetrar en ella.

   Informa, pues, al rey. Don Felipe ordena que siga preso Espinosa, se confine a doña Ana en el convento y vaya el Alcalde a Madrigal, para conocer en persona detalles de lo que parece traición y delito de lesa majestad. Cuando llega, poco queda en el obrador de Espinosa. Nada que le comprometa, pero pregunta a la gente y escucha que era llegado hacía poco de Nava de Medina, no muy lejos de Madrigal, que sus pasteles no eran buenos y que ni siquiera los hacía él, salvo a veces para disimular, pues otros se encargaban de hacerlos, mientras él lo que sí hacía a diario era oír la misa que de buena mañana daba fray Miguel en el Convento, y pasar el día hablando con doña Ana y con el propio fray Miguel en el locutorio.

   El temor al escándalo alerta al prior de los agustinos, que prohíbe entregar más documentos a don Rodrigo, pero pese a las amenazas de excomunión, don Rodrigo se incauta de toda la correspondencia de doña Ana y ordena quede confinada en su celda. También fuera del convento Santillán, obstinado, busca nuevos documentos comprometedores, los que doña Ana ya había enviado a Espinosa antes.

   Detenido Espinosa, confinada doña Ana, llega el turno de fray Miguel. Reincidente como era en su oposición a Felipe II, nada bueno puede esperar, y no se equivoca. Acusados de alta traición, el juicio transcurre como conviene a los acusadores. Coincidentes al fin por las malas, fray Miguel y Espinosa, tras negarse por las buenas a reconocer la comisión de los delitos, éste, confirmada la sentencia por el rey don Felipe, morirá ejecutado en el mismo Madrigal, tal como anunciaba el pregón el día de su ejecución:   “Esta es la justicia que manda hacer el Rey nuestro señor, y el Alcalde Don Rodrigo de Santillana en su nombre, à este hombre, por traydor al Rey nuestro señor, y embustero, y porque siendo hombre vil, y baixo,se havia querido hazer persona Real, le mandan arrastrar, y que sea ahorcado en la plaça publica desta Villa, y desquartizado en ella y su cabeça puesta en un palo: Quien tal haze, que asi lo pague”.

   Fray Miguel no resulta mejor parado, secularizado, queda desprotegido por tanto por el fuero eclesiástico. La horca quebrará su cuello en Madrid. Mejor tratada fue doña Ana, traidora al rey también. El 24 de julio de 1595, el doctor don Juan de Llano Valdés hace pública la sentencia. Será confinada, tratada como una monja particular, sin que pueda hablar con nadie, saliendo únicamente para oír misa los días de fiesta, y comerá sólo pan y agua todos los viernes de los ocho años que durará su encierro. Muerto el segundo de los Felipes, el tercero la liberará y de vuelta a Madrigal, será priora; y luego, en el Monasterio de las Huelgas abadesa. Sin duda fue la mejor parada en este enigmático caso, rodeado de un aura de leyenda y causa y efecto a la vez del sebastianismo.

Nota: El muerte de don Sebastián en la batalla de Alcazarquivir y el reconocimiento de su cadáver por algunos de los nobles que le acompañaron en la campaña africana fue contada en “El secreto de don Sebastián de Portugal”.
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MUSICA CELESTIAL

   El 21 de mayo de 1469 es fiesta de Pentecostés. Un abigarrado gentío ocupa hasta el último rincón de la catedral de Valencia. Nadie quiere perderse el descenso de “La paloma”, tradición muy antigua en la que una paloma, que representa la venida del Espíritu Santo, desciende desde la altura del cimborrio hasta el presbiterio, entre chispas y llamaradas de artificio emanadas por su cuerpecillo de plata. Todo transcurre con el lucimiento esperado: bengalas, olor a incienso y cantos animan la celebración(1).

   Pero al llegar la noche, vacío el templo de fieles, sucede lo que por falta de prudencia no se pudo evitar. Una chispa errante y viva, que había buscado refugio tras el retablo del altar mayor, se alimenta de la madera reseca para dejar de ser brasa y convertirse en llama. Tan deprisa como el fuego crece se da la alarma. El fuego amenaza con destruirlo todo. Entre los que han llegado al oír los gritos de auxilio y la luz con la que el incendio avisa está Lancelot. Es éste un esclavo negro, propiedad del señor de Perellós. Valiente, Lancelot se acerca al altar y se encarama  con  decisión, aun a riesgo de su vida. Cuando desciende, el retablo es ya pasto de las llamas, pero en sus manos lleva a la Virgen y el niño Jesús. Y tan celebrada fue la proeza de Lancelot por el cabildo, que pagaron a su dueño su libertad y manumitido, se le buscó empleo para una digna y decorosa vida en libertad.

   El resultado de aquel desastre no fue sólo la pérdida del retablo, también las pinturas medievales de la capilla resultaron destruidas. Pero pronto se decide reponer lo perdido, porque casi de inmediato, al año siguiente del desgraciado incendio, Rodrigo Borgia, entonces cardenal, ya estaba decidido a recuperar el esplendor perdido por la capilla mayor quemada, empezando por su cielo, es decir, su bóveda. En 1572 son llamados dos italianos: Francesco Pagano y Paolo de San Leocadio, el primero hombre maduro ya y de precaria salud; el segundo joven, pero maestro en la composición de figuras. Parece que fue el joven San Leocadio quien se ocupó fundamentalmente de la obra, y que Pagano apenas intervino en algunos detalles de la decoración y, eso sí, de cobrar las pagas por los trabajos realizados, guardarlos en una caja y repartirlos con San Leocadio de manera muy poco equitativa, lo que condujo a que entre ambos maestros surgieran diferencias y discusiones a veces agrias.




   También el retablo fue objeto de renovación. Con los casi 250 kilos de plata recuperados tras el siniestro, que se funden, se añade más y se encarga uno nuevo. Se sabe que el orfebre italiano Bernabé Tadeo de Piero di Ponce trabajaba en él durante los últimos años del siglo XV y primeros del XVI y que a su término fueron Fernando de los Llanos y Fernando Yañez de la Almedilla, conocidos como los Hernandos, los encargados de pintar las tablas de las grandes puertas del armario que contenía el retablo.




   Pero los tiempos cambian y el gusto por los frescos renacentistas de Pagano y San Leocadio, con las nuevas modas, deja paso a los nuevos aires del barroco. En el siglo XVII la capilla mayor cambia su aspecto, el yeso lo invade todo, figuras y filigranas doradas de todo tipo ocultan cuanto de gótico había, se ciegan los arcos de la girola abajo, más arriba las vidrieras quedan enmarcadas por adinteladas ventanas y hasta la bóveda, morada de los renacentistas ángeles músicos pintados por Paolo de San Leocadio, se ve cubierta por otra cuyo pan de oro resplandece haciendo olvidar al coro de serafines que allí vive. Se hace el silencio, pues. Durante más de tres siglos no será posible oír las trompetas, laudes, arpas, dulzainas, flautas de aquellos ángeles condenados a la oscuridad de su encierro en una cámara, de unos ochenta centímetros, que separa ambas bóvedas, y que los hace ciegos y mudos del mundo de los hombres al que la mano inspirada de San Leocadio los trajo.

   Aún después, pasado otro siglo, otra capa de yeso cubre lo que falta, ahora dando un aspecto más acorde con los tiempos. Las naves y la girola adoptan un aire neoclásico que oculta cuanto de arte bárbaro quedaba. Nada de la fábrica gótica queda a la vista. Pero a mediados del siglo XX la catedral, como dama que aparta el disfraz de su rostro y muestra su hermosa cara, pierde su máscara, enseñando su faz limpia, dejando a la vista el gótico original de la nave principal, y en el XXI, por una casualidad, como resucitados, aparecen aquellos ángeles olvidados, todavía sus instrumentos en sus manos, heridos por aquellos que los enterraron, sucios por el paso del tiempo, pero tan vivos que no tardan en resplandecer. Juzguen quienes los vean y escuchen, casi.













(1) Este tipo de representaciones, fuese en Navidad, Pascua de Resurreción o Pentecostés eran bastante frecuentes. El concilio de Trento, en su afán normalizador, las prohibió. Hoy quedan vestigios de aquellas tradiciones en actos como el famoso Misterio de Elche. 
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DOMICIANO Y LA DAMNATIO MEMORIAE. HISTORIA DE UNA EXCEPCIÓN.

   Pocos de los que hablaron o escribieron sobre él juzgaron con benevolencia al último emperador de la dinastía Flavia. Si acaso Marcial, el poeta bilbilitano, lo elogió, pero cuando Suetonio le dedicó el último de los capítulos de su “Vida de los doce cesares” no se anduvo con contemplaciones, como tampoco lo hicieron Tácito o Plinio.

   Domiciano era hijo y hermano de emperadores. Su padre, Vespasiano, del que no se tiene mal recuerdo, pues si no murió en la cama fue porque no quiso, no tuvo el indigno final que otros anteriores a él sí alcanzaron. No fue odiado Vespasiano que, cuando le llegó su hora, tranquilo, en la cama, aquejado por el malestar y las fiebres de los cólicos que padecía, se levantó como pudo diciendo: “Un emperador debe morir de pie”, y se murió.

Estatua del emperador Vespasiano en Castrourdiales.
Vespasiano fue padre de los emperadores Tito y Domiciano.

  Su lugar lo ocupo Tito, del que los historiadores romanos tampoco han hablado mal, puesto que se comportó con benignidad, no firmó sentencia de muerte alguna, ayudó al pueblo en las catástrofes que asolaron Roma durante su mandato y realizó muchas obras públicas; y si no hizo más fue porque su reinado apenas duró dos años. Pese a las sospechas de un envenenamiento, parece que en realidad murió, como su padre, de muerte natural. Llorado por el pueblo, no lo fue tanto por su hermano Domiciano, que no había dejado de conspirar en su contra, y que al faltar Tito, se hizo cargo del Imperio.

   Venía, al parecer, Domiciano resentido en su carácter por la predilección que su padre había mostrado siempre por Tito, pero aunque al principio se comportó con prudencia, no tardó mucho en manifestarse su perversidad. Suetonio cuenta con detalle muchas de sus extravagancias. Durante un tiempo tuvo por costumbre encerrarse solo y dedicar su tiempo a la captura de las moscas que revoloteaban en torno a él. Luego, atravesándolas con un alambre una a continuación de la anterior, quedaban ensartadas a modo de repugnante pulsera o collar. Estas actividades pueriles y crueles eran tomadas a befa por quienes las conocían, y así cuando alguien que pretendía hablar con el emperador preguntó si había alguien con él, Vibio Crispo, respondió:
   ─No, ni siquiera una mosca.
   Sus manías no habían hecho más que comenzar, como también el ejercicio arbitrario de su poder, pues junto a justas medidas ordenaba caprichosas órdenes. Mandó matar a muchos hombres, cualquiera que fuera su condición, por las razones más peregrinas. A uno por hacer bromas que no resultaron de su agrado, a otro por creerle aspirante al cetro imperial al nacer bajo el signo de una constelación que predecía malos augurios; a un hombre corriente, en el circo, por opinar que ciertos gladiadores eran mejores luchadores que otros, mandó que fuera arrojado a la arena y se enfrentara a dos perros. Precisamente, durante los juegos se hacía acompañar por un enano, que debía situarse a sus pies, pero con el que mantenía sesudas conversaciones, incluso sobre la política del Imperio. Su egomanía le llevó a cambiar los nombres de dos meses por los suyos propios; pero se convirtió en un ser temeroso de todo y de todos, tanto como los demás le temían a él. En cierta ocasión determinó que se cortasen la mayor parte de las vides de Roma, tras comprobar que había mucho vino y poco trigo, pero entonces leyó un escrito que decía que aunque cortase todas las viñas, aún habría suficiente vino para celebrar su muerte. Tanto le afectó y tal miedo le infundieron aquellas palabras, que desistió de su empeño talador. Epafrodito era secretario suyo. Un día recordó que él había sido quien, veinticinco años atrás, había entregado a Nerón la daga que sesgó su carótida y tuvo miedo de que se le ocurriera hacer lo mismo con él. Ordenó matarlo. Siendo un cobarde, fomentó la delación como medio para protegerse de quienes le odiaban, que eran muchos.

   Más todas las precauciones fueron insuficientes y una conspiración y siete puñaladas, pese a la resistencia que opuso, dieron cuenta del malvado emperador.

   Tras su asesinato, el Senado decretó una damnatio memoriae. Se inició la eliminación de todo rastro físico que recordase la existencia de Domiciano, tratando de hacerlo caer así en el olvido. Se borró su nombre de las inscripciones, se destruyeron cuantas estatuas y bustos de él se conocían y suprimió su nombre de todos los escritos, pero lo cierto es que, como casi siempre, el propósito no le logró del todo, pues hubo una excepción.

   La primera que no permitió que Domiciano quedara en el olvido fue Domicia Longina, su esposa, mas no por su amor a él, sino para dar testimonio de su inicua memoria. Era Domicia de familia noble, respetada y querida, pues no había secundado los actos del emperador. Tras morir Domiciano fue llamada por el Senado, que determinó concederle el favor que desease. La viuda del tirano pidió se erigiera una estatua de bronce y permiso para ubicarla donde ella deseara. Concedido el permiso, cuenta Procopio cómo ordenó recoger los restos del esposo, poco antes cosido a puñaladas y despedazado, unir sus restos y hacer que los escultores hicieran réplica de aquella figura compuesta como rompecabezas con forma humana; y hecha que se instalara en el camino del capitolio como muestra de cómo había muerto Domiciano, el último emperador de la dinastía Flavia.
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ISABEL BARRETO. LA RICAHEMBRA CAPITANA

   Tenía cara de ángel, era rubia, de ojos azules y hermosa. Como era de buena familia, pues su padre, Francisco Barreto, había sido gobernador de la Indias Portuguesas, Isabel había recibido una educación acorde a su posición. Además, estaba dotada de una fantasía desbordante y las lecturas que hallaba en la biblioteca de su padre y las aventuras que de él o de quieres le visitaban por razón de su cargo oía, estimularon su interés por la aventura. Aún no había cumplido los veinte años cuando la hermosa Isabel partió para Lima, como dama, en el séquito de doña Teresa de Castro, la esposa del virrey del Perú don García Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete. Allí estaba Isabel Barreto cuando conoció a don Álvaro de Mendaña. Era don Álvaro hombre maduro, personaje de notable fama, almirante, adelantado de la mar océana y descubridor de las islas Salomón, del que la joven Isabel quedó prendada. Ofrecía ella su juventud y belleza, y él su experiencia y los derechos sobre aquellas islas descubiertas. Y así es como, una vez casados, Isabel se embarcó en la aventura de su vida.

   El 9 de abril de 1595 zarpa del puerto de El Callao una pequeña flota al mando de don Álvaro de Mendaña y del piloto Pedro Fernández de Quirós, que al fin haría de cronista de aquella aventura, quizás bajo el sesgo del enfrentamiento, a veces justificado, con doña Isabel.  Son cuatro embarcaciones en las que caben pertrechos, soldados y varias mujeres las que inician aquella expedición. Isabel, en el galeón San Jerónimo, la nave capitana, acompaña a su esposo. Van en busca de las Islas Salomón, que veinte años antes había descubierto don Álvaro y que, con las capitulaciones obtenidas de Felipe II, se propone colonizar y gobernar.

   Pero el viaje se torna complicado, y aunque descubren unas islas, a las que Mendaña bautiza con el nombre de Marquesas, como homenaje a la esposa del virrey benefactor del viaje, su incapacidad para encontrar las islas que descubrió veinte años atrás y la enfermedad que contrae y que, finalmente, le arrebata la vida, parece dar por terminada la aventura.

   Pero no es así; aún tuvo tiempo Mendaña, antes de morir, de dejar a su esposa el mando de la expedición, siendo así la primera mujer almirante de la historia. La designación no fue vista con buenos ojos ni por Fernández de Quiros ni por los marineros y soldados, casi todos hombres rudos siempre dispuestos al motín cuando las cosas venían mal dadas. En esas condiciones Isabel Barreto debe tomar sus primeras decisiones. No quiere seguir la ley del mar y en vez de arrojar el cuerpo de don Álvaro a las aguas, busca tierra donde enterrarlo. Lo hace, pero al dejar tierra toda la fuerza desbocada de la naturaleza arremete contra de los expedicionarios. Se desata un temporal, que por ser cosa conocida por aquellos marinos experimentados preocupa menos que lo que extrañados y temerosos empieza a caer desde el cielo, que parece fuego. Una lluvia ardiente de cenizas procedente de algún volcán en erupción cubre la cubierta. Isabel decide abandonar la rada en la que están fondeados. Deben el San Jerónimo y su compañera, la carabela Santa Isabel, superar los arrecifes y alcanzar alta mar, mas como entre Escila y Caribdis, lo que atrás dejan es insignificante calamidad comparada con lo que les espera en los arrecifes. Una enorme ola causada por un maremoto inunda la cubierta del galeón. El San Jerónimo está peligro, como una cáscara de nuez en medio del torbellino, resulta gobernable a duras penas.  El timonel es arrancado de su puesto por un golpe de mar. Quirós, el piloto, se aferra a la rueda de timón en su lugar. Trata de mantener el rumbo, pero otro bandazo lo hace rodar por la cubierta. Cuando se rehace y trata de volver, ve a Isabel Barreto, sujeta al timón, que mantiene el rumbo. Al día siguiente,  lejos ya de aquel infierno, azul el cielo y el mar quieto, en el San Jerónimo dan gracias por estar vivos. Isabel se ha ganado el respeto de todos, pero no su obediencia, aún.

   Nada se sabe de la Santa Isabel. Tampoco de su tripulación. El sentimiento de soledad es enorme. No tardan en oírse voces que murmuran. Sin saber donde ir, quieren volver, unos al Perú, otros a Filipinas.

Galeón español del siglo XVI. Así de imponente
 surcaba los mares el San Jerónimo a cuyo mando estuvo
 Isabel Barreto, la primera almirante de la historia.

  A Isabel la fuerza de los acontecimientos la torna dura como la piedra. No ha cumplido los treinta años y nada en ella recuerda al ángel embarcado en El Callao. Es ahora una fiera que se ha desprendido de sus ropas de mujer, usa las de su difunto esposo y se comporta como el virago que nadie sospechaba podía ser. Está decidida a encontrar las islas Salomón. Como heredera de las mismas quiere cumplir el sueño de su esposo y el suyo propio. Cuando un marinero de nombre Medina, descontento, rebelde y agitador, trata de hacerse seguir por el resto de la marinería, Isabel lo hace llevar a su presencia:
   ─¿Qué pretendes Medina?
  ─Los hombres hemos hablado, exigimos volver a casa. Nada bueno obtendremos permaneciendo aquí. Muerto don Alvaro, los hombres no comprenden qué busca la señora, sino una muerte segura ─contesta Medina.
   ─¿Nada bueno? ¿Una muerte segura? ¿Acaso no sabéis quién manda aquí? Habláis, Medina, de muerte. Yo os daré a conocer el significado de esa palabra.
   Y dirigiéndose al contramaestre doña Isabel ordena:
    ─Prendedle y colgadlo de la verga del trinquete. Y a vosotros ─dijo desde el alcázar, dirigiéndose a los demás que se agolpaban en la cubierta─, mirad y aprended la lección. Os lo advierto, mi misión es gobernar las islas Salomón y a vosotros. Nada me desviará un ápice de mi objetivo, que lo fue de don Álvaro también.

   Y sin dejar que Medina termine de hablar sobre sus pretensiones, es izado y, tras permanecer un día entero a la vista de todos, arrojado su cuerpo al mar. Ya todos le obedecerán en el futuro.

   Sin saber donde, Isabel y el piloto Quirós buscan las Islas Salomón, derrotan hacía el Sur, descubriendo numerosas islas aún desconocidas; pero habitadas por pueblos antropófagos, deben desistir del desembarco. Pronto la comida escasea y en los toneles del San Jerónimo el agua se corrompe. Ello obliga a arrostrar nuevos peligros cuando al divisar una isla, decide doña Isabel desembarcar.

    Con la mayor cautela, ella al frente, con la espada de Mendaña y un grupo de soldados avanza por la selva, en busca de agua. La fortuna les lleva a un poblado, apenas unas cuantas chozas. El lugar es siniestro, pues en el interior de una de las chozas penden cabezas humanas. Aterrados, se apoderan de lo necesario, hasta un cerdo que hallan en los corrales es llevado a rastras, regresando a toda prisa. Pero antes de llegar al San Jerónimo, les salen al paso un grupo de guerreros indígenas, que comienzas a lanzarles flechas. Una de ellas alcanza a un soldado, que sigue corriendo, pero al poco pierde el conocimiento. El arpón de las flechas está envenenado. Lo llevan a cuestas. Cuando por fin logran llegar al San Jerónimo, el cuerpo del herido está hinchado y amoratado. Nada es posible hacer por él, salvo rezar por su alma.

   Y nuevamente se impone el carácter de doña Isabel, y su autoridad sobre aquellos hombres que únicamente quieren escapar de aquel infierno y volver a casa. Decide que no puede quedar sin castigo la muerte de aquel soldado y con un grupo de hombres bien armados, con nocturnidad, próximo el alba, los españoles caen sobre el poblado, iniciando una matanza despiadada, de la que tan sólo unos pocos se salvan huyendo hacia el interior de la jungla. Vengado el español muerto, regresan al San Jerónimo y zarpan.

   Muchas más aventuras, si así se puede decir de las penalidades que tuvieron que sufrir, vivirán aquellos hombres y mujeres del San Jerónimo, hasta que a finales de enero de 1596 avistan las costas filipinas. Apenas treinta y cinco supervivientes, de los ciento veinte embarcados en El Callao logran ver tierra conocida, pero no el fin de sus tribulaciones. A duras penas el San Jerónimo puede navegar, tan roto y deshecho como quienes lo han tenido por casa los últimos diez meses está el otrora arrogante galeón, pero quien no pierde su arrogancia es doña Isabel Barreto. Soberbia siempre, cuando ya la costa salvadora está a la vista y sin alejarse de ella, camino de Manila, Quirós propone desembarcar los cañones para aligerar lastre en la perjudicada nave. Doña Isabel se niega; y cuando a pocas jornadas de su arribada a Manila, la tripulación hambrienta, propone repartir la despensa de a bordo, doña Isabel se niega otra vez, como se niega también a que nadie desembarque por causa alguna sin su autorización. Tan férreo y despótico mando desespera a los hombres y uno de ellos, casado con una de las mujeres a bordo del San Jerónimo, de la que ha tenido un hijo, ayudado por los indígenas desembarca y regresa con alimentos para la esposa y el hijo. Y es entonces cuando se descubre en doña Isabel su verdadera falta de humanidad, pues detenido el soldado a su regreso, manda doña Isabel se le ahorque de inmediato por incumplir sus órdenes. Ni los ruegos del superior del soldado detenido ni de Quirós son capaces de ablandar el duro carácter de la tirana. Sólo, cuando al fin la esposa del soldado, deshecha por las lágrimas, ruega el perdón para su esposo, doña Isabel, con la magnanimidad de quien manda, perdona la vida del esposo de quien le suplica.

    El 11 de febrero se adentran en la bahía de Manila y pocos días después se disponen a atracar en el puerto de Cavite para ser recibidos como héroes. Doña Isabel rescata sus ropas de mujer. Es mujer joven y de singular belleza y no hace falta mucho para que al desembarcar, formidable y altiva, despierte la admiración de todos. Recibida con salvas, se la disputan en todos los salones. Un año permanecerá allí, hasta que terminado el luto por Mendaña, otro marino, Fernando de Castro, llene el corazón de Isabel y colme sus ansias de aventura. Sin embargo, tras hacer escala en Acapulco, en Nueva España, las dificultades económicas para organizar una nueva expedición en busca de las islas Salomón hacen imposible el viaje. Un cambio de rey, dificulta aún más las pretensiones de la almirante y su nuevo esposo. Felipe III revoca las capitulaciones a favor de don Álvaro de Mendaña, y por tanto de su heredera doña Isabel, sobre las islas Salomón, y redacta otras a favor del ya declarado enemigo de doña Isabel, su antiguo piloto Fernández de Quirós. Nada lograrán los esposos en su audiencia en España con don Felipe, que ratificará los beneficios concedidos a Quirós. Nada logrará ya, y el eco de la primera almirante de la historia se desvanecerá poco a poco en su retiro gallego, donde la gente hablará de ella como la ricahembra que hizo las Américas.
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EL SECRETO DE DON SEBASTIÁN DE PORTUGAL

    Cuando el 2 de enero de 1554, dieciocho días antes de que doña Juana de Austria, hermana de Felipe II, diera a luz a su hijo Sebastián, fallecía el príncipe don Juan, heredero al trono de Portugal. Tenía el joven infante de Portugal diecisiete años.

   En esa época, la de Felipe II en España, Enrique II, Carlos IX y Catalina de Médicis* en Francia; Isabel I en Inglaterra y Pío V, luego santo, y Gregorio XIII, en Roma; la del concilio de Trento, las batallas de San Quintín y Lepanto y la matanza de San Bartolomé, transcurre la corta vida del rey don Sebastián de Portugal, desaparecido en Marruecos y mitificado por el pueblo después.

   Transcurrió su infancia sin mayor contratiempo aparente. Huérfano de padre, pareció estarlo también de madre, pues doña Juana, nada más enviudar y parir al heredero, se apartó de la escena cortesana y poco después resolvió volver a Castilla. Aunque era informada puntualmente sobre todo lo que acontecía a su hijo, fue la abuela del niño, la reina doña Catalina de Austria, hermana del emperador Carlos y pronto viuda de Juan III, quien se ocupó, ya como regente, en sus primeros años, con la ayuda de frailes de la Compañía de Jesús, de la educación del príncipe.

   Fue al llegar la pubertad cuando se hizo perceptible la misteriosa enfermedad de don Sebastián. Preocupó mucho la dolencia del príncipe, pero fue ocultada en la medida de lo posible por el propio don Sebastián y por su entorno. Tampoco la historiografía ha tratado el asunto con profundidad. Especialmente los historiadores portugueses han sido reacios a reconocer durante mucho tiempo la evidencia. Sin embargo a partir del siglo XX, el asunto de la enfermedad de don Sebastián ha sido tratado, y formuladas variadas hipótesis sobre el asunto. Desde una uretritis crónica, hasta una espermatorrea, opinión mantenida por el doctor Marañón, se han barajado como posibles causas del mal de don Sebastián. El caso es que fuera una u otra cosa, difícil de saber hoy dado el ocultismo con el que se llevó el asunto y que hace casi imposible conocer la etiología de su dolencia, su enfermedad venía acompañada de intermitentes periodos de fiebre, vahídos y malestar general.

   Muchos fueron los esfuerzos de la regencia portuguesa por encontrar esposa a don Sebastián, pero su misoginia fue insuperable y siempre cualquier intento encontró como respuesta de don Sebastián la negativa a contraer matrimonio. Resistente a los encantos femeninos, cual piedra berroqueña a la intemperie, el desánimo cundía entre los gobernantes portugueses y en las cancillerías de los países con princesas casaderas aspirantes a compartir la corona portuguesa. Nadie, ni el papa Pío V,  que lo intentó en dos ocasiones, la segunda enviando a Francisco de Borja, logró doblegar la voluntad del rey portugués. Acaso con Borja estuvo más cerca que nunca la posibilidad de conseguirlo, pero finalmente nada se pudo hacer por convencerlo. Si su aversión al trato con las mujeres se debió a su enfermedad, muy camuflada merced al aspecto saludable del rey y a sus continuas exhibiciones de fuerza, en ejercicios próximos a la temeridad, a su personalidad anómala o a la influencia que desde niño ejercieron sobre él sus preceptores jesuitas, fomentando una castidad cuya causa parece nacer en el espíritu piadoso en el que fue educado con la práctica de una vida ascética rayana en lo monástico, quizás nunca lo sepamos, pero sí lo que quienes estuvieron con él dejaron escrito.

San Pío V. Lienzo en la Iglesía del Pilar de Valencia.

   Muchos historiadores hacen recaer en don Luis Gonçalves de Cámara, su confesor,  la culpa de su trastorno. Si tienen razón, lo debe ser en parte. La propia naturaleza extraviada del príncipe en formación debió llevar buena parte también en la causa de sus desvaríos.

   En una carta dirigida por don Juan de Borja a su señor Felipe II, le advierte sobre el pensamiento manifestado por don Sebastián, cumplidos ya los diecisiete años: “Yo no acabo de determinarme qué cosa sea esta de no quererse el Rey casar (…), y que esto no sé de que procede porque en su edad ni les suele faltar estas ganas a los mozos, si no son viciosos, como no lo es el Rey”, pero luego añade: “De esto infiero que no tener pasiones en esta edad no es de tener por muy sano, porque la virtud no consiste en no tenerlas, sino en vencerlas”.

   Lo cierto es que mientras hubo esperanza, se le propusieron varias candidatas. Se pensó en la francesa Margarita Valois, hija de rey y hermana de reyes. Es posible que desde el punto de vista geopolítico la opción fuera agradable a Portugal, que podría ver a España un poco más lejos, pero la falta de interés de don Sebastián y la oposición de Felipe II dieron por imposible el proyecto, todo ello aun sin tener en cuenta los deseos de Catalina de Médicis, más interesada en el heredero español, don Carlos, para su hija, que en el portugués don Sebastián;  acaso la providencia intervino en el asunto para evitar la desdicha de Margarita, tan propensa al juego amoroso, y a la que don Sebastián, de prosperar el intento, hubiera hecho profundamente infeliz.

   Suspicaces los nobles portugueses de la propuesta de la reina gobernadora doña Catalina de Austria, abuela de don Sebastián y tía de Felipe II, de casarla con una princesa española, la enfermedad del rey, la corta edad de la candidata Isabel Clara Eugenia, de tan sólo once años, la hija más querida de Felipe II, entre otras razones, hicieron imposible el consentimiento del rey Prudente, pese a que don Sebastián, y fue el único caso, con cierta ambigüedad, todo sea dicho, dejó entreabierta la posibilidad de aceptar, como se desprende de los temas tratados entre don Sebastián y don Felipe en Guadalupe.  Y sin embargo, no debía preocupar en exceso a don Felipe la soltería y actitud de su sobrino, que de morir sin descendencia, dejaba a su tío, el rey de España, más cerca de los derechos al trono portugués, aun más tras la muerte sin descendencia de don Duarte el 28 de noviembre de 1576, hijo del fallecido primogénito de don Manuel y nieto, por tanto,  de éste(1).

   Cuando el día de San Sebastián, el 20 de enero de 1568, justo al cumplir los catorce años don Sebastián adquiere la mayoría de edad, empieza a dar rienda suelta a sus proyectos.

   La cabeza de don Sebastián está llena de pájaros. Sueña con grandes empresas de conquista.  Al margen Portugal de su participación en la batalla de Lepanto, la gran armada construida la quiere don Sebastián para su aventura en Oriente, pero destruidas las naves en el puerto de Lisboa a causa de una terrible tempestad, abordados entre sí todos los barcos, quedando todos inutilizados, el doncel portugués fija su mirada en Marruecos. Esa idea le obsesionará siempre, hasta su fin. Su personalidad, condicionada por la educación recibida, y su propia naturaleza hacen de él un personaje inmaduro. Sus aires de grandeza y su misoginia no son sus únicas manías: de gira por las tierras de su reino llega a Alcobaça, visita los sepulcros de los reyes de Portugal,  antepasados suyos. Al llegar ante el de Alfonso II, aliado del español Alfonso VI en la Navas de Tolosa, ordena que se abra; luego, al llegar ante el de Alfonso III repite la orden. Varios sepulcros más resultan abiertos; nadie parece atreverse a amonestar al monarca. Finalmente, Francisco Machado, un fraile, lo hace. No tarda en ser a su vez reprendido por el superior del convento por orden del rey. Prosigue don Sebastián su periplo. Camino de Coimbra, se detiene en el monasterio de Batalla; allí yace desde hace más de setenta años Joao II. Como en Alcobaça, don Sebastián se ve dominado por un inexplicable furor necrofílico. Ordena que se abra el sepulcro del rey. La visión impresiona a todos, más que a ningún otro al rey Sebastián. El cadáver del rey Joao está incorrupto. Sin pensarlo dos veces, ordena sea puesto en pie y tomando la espada, todavía junto al cadáver, ordena a don Jorge de Lencastre, hijo del duque de Aveiro, bese la mano del cadáver incorrupto de don Joao, ejemplo de valentía, cuando como príncipe acompañó a su padre  Alfonso V, en la conquista de Arcila, en el Marruecos que él  mismo quiere conquistar.

   Pero también sabe actuar con justicia: Martín Gonçalves de Cámara es escribano del rey y persona muy hábil e influyente en el comportamiento de don Sebastián. Tiene don Martín un hermano llamado Nuño, quien al fallecer deja viuda a su esposa doña María de Noroña. Todos los Gonçalves de Cámara pertenecen al círculo más próximo al rey. Son señores importantes. Pero la pobre María viene a enamorarse de Manuel Nunes, un hombre sin el alto rango de los Gonçalves. Al casarse con él María, don Martín monta en cólera. Su excuñada casada con un hombre de inferior rango deshonra a su difunto esposo y a todos los Gonçalves. Ordena que se aprese  a doña María y la confina en los calabozos de la torre de Belem. Viendo el encierro pobre escarmiento, en el colmo de su desafuero, manda sacar a doña María de su presidio y, aupándola en una mula, con las manos atadas, la humilla ante el populacho. Desesperada la dama, creyéndose conducida al cadalso, como puede, salta de la bestia con intención de llegar a sagrado en la muy cercana iglesia de San Antonio, mas cae al suelo y entre el jolgorio de la gente es nuevamente encerrada.

   Protesta, como es natural, la familia de la violada en su dignidad y los hechos llegan también a oídos de la anciana reina Catalina, que toma la defensa de la ultrajada ante el rey. Éste al conocer los hechos, hace llamar a don Martín. Al presentarse ante don Sebastián, éste le da la espalda y sin decir palabra, por medio de un servidor, pregunta a don Martín bajo qué autoridad ha cometido los atropellos sobre doña María, de los que todos hablan. Y dicen que sin contestar a la pregunta salió don Martín de palacio y nunca más se supo de él en la corte.

   Pese a las recomendaciones en contra, don Sebastián da forma a su proyecto de marchar sobre África. Su visión romántica de la guerra, le hacen soñar con gestas heroicas en las que somete a los infieles y que, con inconsciente falta de humildad, hacen de él un nuevo cid. De nada sirve la oposición de su abuela doña Catalina, de su tío el cardenal don Enrique, de Felipe II, tío suyo también, con quien se entrevista en Guadalupe en diciembre de 1576 y enero del año siguiente. También el duque de Alba, presente en aquellas reuniones, advierte al joven rey sobre los peligros y el incierto final de una campaña militar al otro lado del estrecho. Don Sebastián, casi perdidos los nervios ante quienes parece quieren  destruir sus sueños de conquista, en un vano intento por demostrar su arrojo, el desprecio por el peligro, interroga al duque:
   ─¿De qué color es el miedo?
   ─Del color de la prudencia─ responde tranquilo Alba, curtido ya en despachos y campos de batalla.


Estatua de Felipe II. Jardines de Sabatini, Madrid. Los esfuerzos del
rey Prudente por disuadir a don Sebastián, sobrino suyo, fueron sinceros
 ante lo descabellado de la empresa, pero la terquedad del joven rey
 portugués le impidió aceptar cualquier consejo y, finalmente,
 la expedición zarpó de Lisboa el 25 de junio de 1578.

                                                         *

   En Alcazarquivir ocurre el desastre. La ciudad cuenta una leyenda que fue fundada por el rey Mansor cuando, en una jornada de caza por aquellos parajes,  la lluvia y la caída de la noche sorprendieron al ilustre cazador. Encontrándose el rey con un habitante de aquellos pagos, sin conocer la calidad del personaje extraviado, el  hombre lo llevo a su casa, le dio cobijo y lo sentó a su mesa, tratándolo con gran hospitalidad. Al día siguiente, acompañó a su invitado a lugar desde donde pudiera continuar camino, coincidiendo con los caballeros que, durante la cacería, acompañaban en la jornada anterior al rey extraviado, y que ahora le buscaban. Al encontrarlo se postraron ante su señor, momento en el que el hombre comprendió que era al mismo rey al que había atendido en su morada. Agradecido el rey por las atenciones recibidas, ordenó que fuera construida allí mismo una ciudad, y fuere aquel hombre su primer señor.

                                                        *

   Tras zarpar de Lisboa, hacer escala en Cádiz y Tánger, la flota portuguesa llega a Arcila. El objetivo de su campaña es la conquista de Larache. Pronto se suscita entre nobles y capitanes cómo proceder a la toma de la ciudad. La mayoría proponen la conquista desde el mar. Es la más sencilla, la menos arriesgada y la que ofrece unas mayores garantías de éxito. De las opciones terrestres se baraja la más natural, siguiendo, en dirección Sur, la línea de la costa; pero don Sebastián, en contra de toda opinión que no fuera la de cumplir su voluntad, elige el avance por el interior con la ocupación previa de Alcazarquivir. Busca así la gloria, el enfrentamiento en campo abierto con el sultán Abd-al-Malik.

   Como no había sido posible persuadir a don Sebastián de abandonar aquella loca campaña, tampoco ahora lo era cambiar su parecer. Más que el ímpetu de la desbordante fortaleza de sus veinticuatro años, pese a la intermitencia de su enfermedad que trataba de ocultar, es la obsesión por obtener la gloria, gracias a temerarios triunfos, el motor de su irreflexiva obstinación.

   Alentado por personajes serviles, incapaces, como siempre fue durante sus maniáticas excentricidades, ignora las propuestas sensatas, cuando no las censura y advierte que es él, el rey, quien se pondrá al mando de modo omnímodo durante la campaña.

   Cuenta como aliado el rey portugués con Muhammad, el Xerife, el antiguo califa de Fez y Marrakech desposeído de su reino y título por su tío Abd-al-Malik. Refugiado en las montañas del Atlas, Muhammad no duda en aliarse con el rey cristiano para recuperar su trono y, como conocedor del terreno, advierte de la dificultad de la empresa, abocada al desastre que don Sebastián no quiere ver, si se toma el camino de Alcazarquivir.

   Con una inferioridad numérica de la que don Sebastián parece ser el único que no considera decisiva y un ejército sin intendencia, carente ya de casi todo y agotado, pese a las pocas jornadas transcurridas, bajo el abrasador sol de agosto, el día 4 de aquel caluroso mes de 1578 comienza la batalla, la gran catástrofe del ejército luso, el fin, con la desaparición de don Sebastián, de la dinastía portuguesa de los Avis y por deseo de un pueblo incapaz de creer su propia decadencia, el principio de un mito: el sebastianismo.

                                                       *

   Se hablaría durante mucho tiempo de la desaparición, no de la muerte de don Sebastian, incluso muchos historiadores así lo hicieron. Se dio pábulo a la posible aparición de don Sebastián, del héroe, y lo cierto es que no hubo uno sólo. Varios impostores se atribuyeron la personalidad del rey muerto en Alcazarquivir, cuyo cuerpo muchos no quisieron después reconocer que había sido hallado, pese a que tras la derrota, en el campo de batalla, su cadáver fue encontrado al día siguiente. El cuerpo del rey, ya parcialmente deformado y corrompido por el sofocante sol que abrasaba la tierra y los más de catorce mil cuerpos sin vida que yacían tras la lucha, fue entregado a Muley Ahmed, el heredero de Abd-al-Malik, tras la muerte durante la batalla del enfermo califa, presente en la retaguardia hasta su último aliento, y que reconocido el cadáver por varios ilustres caballeros portugueses, con don Duarte de Meneses a la cabeza fue entregado al alcaide de Alcazarquivir donde en presencia de don Melchor de Amaral, otro de los que habían identificado al rey, fue enterrado.

   Años después, con el reino de Portugal parte de la corona española, Felipe II consiguió la devolución de los restos que, llevados a Lisboa, fueron enterrados para su descanso eterno en el monasterio de los Jerónimos.


(1) Precedía a Felipe II, nieto también de don Manuel por ser hijo de doña Isabel de Portugal, la esposa amada del emperador Carlos, el infante cardenal don Enrique, quien soltero, sin descendencia y llamado a cruzar pronto la línea del más allá reinó Portugal hasta su fallecimiento menos de dos años después de ser proclamado. No contaba, no obstante, don Felipe con la pretensión de don Antonio, prior de Crato, nieto también del rey Afortunado, si bien fruto de ilícitas relaciones de su padre Luis.

*No quiero dejar de recomendar, a quienes no la conozcan ni hayan leído aún, la novela “La corte del diablo”, primera novela en solitario de la escritora Montserrat Suáñez y que, por ser novela o gracias a ello, dibuja de forma amena y didáctica, pero rigurosa la corte francesa de Carlos IX y su madre Catalina de Médicis, en los momentos previos a la matanza de San Bartolomé, y cuya reseña pueden leer aquí.
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FRANCISCO JERÓNIMO SIMÓ. ¿UN SANTO SIN ALTAR?

   Francisco Jerónimo Simó Villafranca no tuvo una vida larga, apenas 33 años, que fueron dedicados a la caridad, en el sentido más místico y sobre todo a la oración y al estudio, no en vano, se le considera un prequietista al que el propio Miguel de Molinos, máximo exponente de esta corriente religiosa, defendió en la causa de su santidad. Hijo de José, un carpintero francés, al que todos llamaban el justo por su honradez profesional y de Esperanza, muy pronto Francisco Jerónimo quedó huérfano; pero recogido por un clérigo, su vida quedó consagrada a los asuntos del cielo. En 1603 fue instituido beneficiario de la iglesia de San Andrés de Valencia y dos años después ordenado sacerdote.

    Mas siendo admirado y querido en vida por su entregada existencia al misticismo y sacrificio a Dios y al prójimo, es al morir cuando comienza a extenderse la veneración por el presbítero de San Andrés. Mucho contribuye a ello su proceder en vida: acompañaba a reos y enfermos en sus penurias, confortándolos en lo que podía; de sus escasas rentas como beneficiario daba casi todo a quienes lo necesitaban más que él, hasta el punto de ser él mismo quien en mayor estado de necesidad se hallaba, viéndose obligado a pedir para él un poco de pan en un convento próximo;  y sin tener nada suyo, ni su cuerpo se libraba de las mortificaciones que se aplicaba para penitencia de sus faltas. Su muerte ocurrida hacia el mediodía del miércoles 25 de abril de 1612, a decir de quienes le acompañaban, fue de serena quietud. Sin quejarse de los atroces dolores que padecía, expiró en mitad de la salve con la que se encomendaba a la Virgen María de la que era vivísimo devoto.

                                                        *

    La noticia del óbito corre de boca en boca con la velocidad del rayo. En contra de lo que hubiera deseado el padre Simó, discreto y humilde siempre, sonrojado cuando se le hacía honor por pequeño que fuese, se instala un gran túmulo en el centro de la iglesia de la que era beneficiario y se ofician las honras fúnebres con la asistencia del cabildo y de numeroso público. Pugnan las gentes por tocar al difunto, al que ya hacen santo; por besar sus manos, sus pies y aun desgarrar un jirón de sus ropas. Tan gran fervor popular por el clérigo fallecido produce de inmediato que se comience a hablar de milagros que, debido a la intercesión del difunto cura, se suceden: al de una mujer leprosa curada, tenido por el primero de sus más de 260 milagros ocurrido en aquellos días, se une el de un sordomudo de nacimiento que comienza a hablar y el de la resurrección de un niño que había resultado muerto en la próxima plaza de San Francisco:  le había caído en la cabeza un madero, abriéndosela por muchas partes, pero llevado hasta la iglesia de San Andrés, colocaron el menudo cuerpo sobre la caja de venerado, momento en el que se le cerraron los huesos, abrió los ojos y pidió pan. Todos estos milagros no hacen sino aumentar la exaltación de los fieles, que comienzan a proclamar la santidad del padre Simó.

Iglesia de San Juan de la Cruz, de Valencia, antigua parroquia de San Andrés.
La gran cantidad de limosnas recibidas tras la muerte de Simó permitió dar
 un importante impulso a las obras, y en 1619 las obras estaban concluidas.

   Y sin que cese el entusiasmo, días después del entierro, también en la catedral, con el virrey y los jurados de la ciudad presentes, se realizan oficios por su alma. Durante las siguientes semanas el fervor persiste incesante. Son muchos los honores hacia el venerable y en Valencia y aún en lugares lejos de ella se imprimen estampas y pintan cuadros del difunto.

   Pero la llegada de un nuevo arzobispo, fray Isidoro Aliaga, hermano del confesor del rey Felipe III, sustituto del difunto Juan de Ribera, no hace más que complicar las cosas. Es Aliaga dominico, orden junto a la de los franciscanos y los agustinos contraria a que se abriera proceso de beatificación de Simó. Ello era así en parte para no perjudicar los procesos que estas órdenes mendicantes tenían abiertos para la beatificación o canonización de los suyos. Era los casos del beato Luis Beltrán, de Nicolás Factor y Tomás de Villanueva; y en parte para mantener la exclusividad del clero regular en estos procesos. Simó era un cura del siglo, el beneficiario de una parroquia y no es visto su precipitado proceso de elevación a los altares con agrado por quienes se creen con el monopolio del cielo.

   Es Aliaga además baturro, difícil de mudar de opinión y obstinado en sus determinaciones, aunque con una terquedad que sabe disimular cuando conviene. Alojado fuera de la ciudad, no se decide el nuevo arzobispo a entrar en Valencia, pues ve cómo su oposición levanta ampollas entre los fanáticos seguidores de Simó y el cabildo metropolitano que, sin su arzobispo aún presente, es partidario e impulsor de elevar la causa de Simó a Roma. Pareciendo condescendiente Aliaga revoca un edicto publicado por él mismo en el que se prohibe cualquier honor a favor de Simó. Envalentonados los partidarios de Simó construyen una capillita anexa a la catedral, y se da misa en ella venerando al padre Simó.

   Los esfuerzos realizados parecen dar su fruto y el 7 de septiembre de 1613 se abre en Roma la causa de beatificación del padre Simó. Muchos son los argumentos a favor y las personas que la apoyan, el archiduque Alberto de Austria, beneficiado, dijo, por la curación de una enfermedad por intercesión de Simó es uno de ellos y también el todopoderoso, si al hablar de asuntos espirituales así se puede calificar a quien tanto manda en España, duque de Lerma; y muchos también los que con opiniones bien razonadas son contrarios al proceso.

   La alegría entre los seguidores de Simó por la apertura de su causa en Roma es, no obstante, como luz efímera, pues pronto se ve cubierta por los nubarrones que desde Valencia el arzobispo Aliaga, con potentes soplidos esparce sobre Roma y Madrid, por lo que en Valencia, los ánimos, lejos de calmarse, se encrespan peligrosamente.

   El 19 de octubre, los dominicos celebran una misa en la fiesta del beato Luis Beltrán. Anuncian los frailes que Su Santidad, el papa Paulo V, no autorizará más canonización que la del beato Beltrán; que la causa de Simó no hace más que entorpecer la de aquél. Un sentimiento de rabia inunda a los asistentes partidarios de Simó, pero contenidos en su ira entonces, no podrán dar ejemplo de mayor moderación cuando al salir la procesión por el beato un fraile rompe en pedazos, ante todos, una estampa de Simó. La algarada es tan grande y vehemente el proceder de los simonistas que, al suceder fuera de recinto sagrado, comienzan a desenvainarse  las espadas y tiene la guardia que intervenir, pues no hay hábito con su fraile dentro a salvo de la ira de los partidarios de Simó.

   Mientras esto sucede en Valencia, otra batalla se libra en Roma, y en ésta la propaganda es factor decisivo. El enviado para defender la causa de Simó enseña al papa un retrato del venerado valenciano. No es, ya se ha dicho, Paulo V inclinado al otorgamiento de canonizaciones, pero al ver el cuadro no puede reprimir un “veramente efigie di santo”.  Enterados de lo dicho por el papa varios cardenales, cuatro de ellos quieren tener la obra, encargando al doctor Balaguer, que tal es el nombre del defensor de la causa de Simó en Roma, se hicieran cuatro copias que serán entregadas a sus eminencias, mientras al papa se le entregará otro pintado por la mano de Ribera. También de Ribera son los cuadros que el cabildo, en el tercer frente abierto para lograr la santidad de Simó, entrega al rey Felipe y al duque de Lerma, en la corte de Madrid.

   Pero el arzobispo Aliaga y con él la Inquisición promulga en 1619 un edicto. Se prohibe por él, como había intentado Aliaga años atrás, el culto a Simó, ordenándose la retirada de todas sus imágenes, estampas y dibujos, se hallen en los templos, tanto en las capillas como en las paredes o columnas, y también en la calle y en las casas particulares. La reacción de los simonistas, como otras veces, no se hace esperar y se encaminan al asalto del convento de los dominicos con un retrato del padre Simó. Lo quieren colocar en el altar mayor. Pero la guerra está perdida. La Inquisición se hace obedecer y el cabildo cede. Implacable el Santo Oficio comienza a perseguir a los simonistas. Ya sin apoyos, con informes maledicentes sobre comportamientos impuros del padre Simó en vida, la causa languidece en Roma, y en Madrid, Lerma, uno de los defensores de Simó, ya caído, ahora cardenal, y por tanto sometido, nada puede hacer.

   En 1662, cincuenta años después de la muerte de Simó, se trata de reactivar su causa. Es enviado a Roma el quietista Miguel de Molinos, pero tampoco éste logra avance alguno y, ocupado en desarrollar y defender sus tesis quietistas, una especie de teoría de la aniquilación, de misticismo y entrega absoluta, de anulación de las potencias del alma e inactividad intelectual, sólo logra, para sí mismo, la condena del papa Inocencio XI en 1687. Aún hay un último intento: el 1 de julio de 1705 se trata de avivar, una vez más, la lumbre casi apagada de la causa simonista, mas el empeño resulta baldío y la brasa finalmente extinguida, o casi. 
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