LORENZO

    Se dice en España que el día de san Lorenzo es uno de los más calurosos del verano; también, a nuestro astro rey, el Sol, cuando aprieta abrasador sobre nuestras carnes, solemos llamarlo Lorenzo, y no es de extrañar, porque, en parte por la casualidad de que su martirio sucediera un diez de agosto y en parte por la forma en que le dieron suplicio, pensar en San Lorenzo nos hace sudar la gota gorda.

    Aunque de este santo, que vivió en el siglo tercero, como de muchos otros se sabe poco, sí podemos afirmar que fue diácono en tiempos del papa Sixto II, que estaba encargado de la custodia y administración de los bienes de la Iglesia y que, por ello, el papa le entregó el santo Cáliz, que hizo llegar a su tierra natal, Huesca, para ponerlo a salvo de las paganas manos del emperador Valeriano I, que mantenía una implacable persecución contra los cristianos.

    Martirizado y muerto el papa Sixto, llegó el turno a Lorenzo; y la tradición dice que un diez de agosto de 258 se le aplicó la más insoportable de las torturas: encendida una hoguera, se colocó al diácono sobre una parrilla y ésta, con el mártir bien sujeto en ella, sobre las llamas. Sólo por su santidad sucedió que, una vez asado por el lado por el que las llamas lamían su piel, él mismo indicó a sus verdugos que le dieran la vuelta, pues ya estaba bien tostado por ese lado.

    Pidiera o no Lorenzo que lo dorasen bien por sus dos lados el caso es que mártir sí fue, y por ello al Santo se le representa sujetando entre las manos la parrilla en la que fue asado.

San Lorenzo en la fachada de su iglesia en Valencia

    Tal es la fama alcanzada por San Lorenzo, que Boccaccio en su “Decamerón” aprovecha la historia para uno de los cuentos con los que se divierten, en la villa florentina, los protagonistas de su obra: Giovanni Boccaccio pone en boca de Dioneo la historia de un fraile al que llamaban fray Cebolla. Este fraile afirmaba tener una pluma del arcángel San Gabriel. Decía haberla hallado en uno de sus viajes por Oriente y anunció que mostraría la reliquia en un acto público. Todo el mundo podría verla, admirarla o venerarla según el caso, pero dos truhanes que no querían bien al fraile quisieron gastarle una broma que le pusiera en mucho apuro. Fray Cebolla guardaba la pluma en un cofrecillo de madera. Los gamberros lo buscaron y cuando lo hallaron, robaron la pluma, que a saber a que tipo de ave pertenecía en realidad, y la sustituyeron por un tizón, un simple pedazo de madera medio quemada.

   Llegado el momento de la exhibición, fray Cebolla abrió la caja para mostrar la pluma e imperturbable extrajo el tizón, lo enseñó a los asistentes e ingenioso dijo: muchos han sido mis viajes en los que he ido obteniendo reliquias y objetos santos que he podido coleccionar. Los guardo en arquetas de madera, que me sirven para clasificarlos, guardarlos de la intemperie y a salvo de manos sacrílegas…y, hoy que pensaba mostraros la pluma de san Gabriel, por torpeza, he traído otra arqueta, que mejor aún que aquella os voy a mostrar. Es un trozo de carbón, madera quemada que sirvió para asar a san Lorenzo. Con esta madera tiznada voy a señalar sobre vuestra frente la cruz salvadora. Acercaos y veneradla.

    Tan impresionados quedaron los atrevidos bromistas que arrepentidos restituyeron la pluma a su dueño, y no lo dice el relato, paro nada raro sería que pidieran al fraile ser bendecidos con el tizón, tan auténtico en su origen como la pluma del arcángel a la que sustituyó.
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EL PODER DE PINCEL

    Muchos cuadros han sido pintados a lo largo del tiempo. Representan todo tipo de hechos, paisajes, personajes. Algunos esconden curiosidades y misterios. Licencias que los autores se han permitido, unas veces para dar satisfacción a los demás, otras para complacerse a sí mismos. Todos pueden ver vistos en la actualidad.
 
    Pablo III encargó a Miguel Ángel que pintara en la capilla Sixtina un mural representando el Juicio Final. Durante la ejecución de la obra, el Papa visitaba con frecuencia la capilla para comprobar los adelantos del pintor. En una ocasión le acompañó en la visita su maestro de ceremonias. Al ver la obra, Biaggio, que así se llamaba el cortesano papal, protestó por la desnudez que observaba en los cuerpos de algunas de las figuras que Miguel Ángel estaba pintando en el muro de la capilla: “Parecen más propias de una taberna que de un templo” dijo, quejándose ante el Papa por los excesos epidérmicos representados por el artista. Pasó algún tiempo. Biaggio hizo una nueva visita a la capilla para ver el avance de la obra. Por un instante el estupor le paralizó. En una esquina del mural Miguel Angel había representado el infierno. Allí había una figura. Una serpiente se enroscaba a un cuerpo grotescamente deformado. Tenía orejas de asno y…, su cara. Biaggio acudió indignado ante el Papa. Pidió al Santo Padre que pusiera remedio a la afrenta, que obligara a Miguel Ángel a eliminar su rostro del cuerpo de aquel demonio. El Papa dijo: “Lo que yo ato en la tierra queda atado en el cielo y lo que desato en la tierra queda desatado en el cielo, así pues, mi poder se extiende a la tierra y al cielo, pero no así al infierno. Si Miguel Ángel os ha puesto en él, lo siento, pero no puedo rescataros”.

    Hay cuadros que desenmascaran personajes históricos sobre hechos que se negaron. En el museo de Lausana existe un cuadro en el que se puede ver al rey Carlos IX de Francia asomado a una ventana del Louvre arcabuceando hugonotes. Lo cierto es que algunos historiadores aseguran que en aquel tiempo dicha ventana no existía, de modo que bien pudiera ser que tal aparición fuese una maledicencia pictórica. O no, ya que se asegura existieron testigos del hecho. Pierre de Bourdeille, señor de Brantôme, fue uno de ellos y eso que era un fervoroso partidario de los Valois, casa a la que pertenecía el rey.

    Rodolfo II, el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico tuvo como pintor de Corte a Guissepe Arcimboldo. Entre otros muchos cuadros de carácter historicista y retratos de los personajes de la corte, se dedicó a componer algunas extravagancias pictóricas: un retrato del propio emperador, el “Vertrumno”, realizado a base de frutas y hortalizas; y una serie de cuadros reversibles: “El Cocinero”, pintado en 1570, hoy en una colección privada en Estocolmo. Aparentemente se trata de una bandeja repleta de vituallas con una rodaja de limón en uno de sus extremos. La particularidad del cuadro es que al voltearlo, la bandeja se convierte en un rostro lascivo y la rodaja de limón en su sombrero; y “El jardinero” de 1590, que puede verse en el Museo Cívico de Crémona.

    También en España hay curiosidades. Juan de Ribera, el que fuera arzobispo de Valencia y también, mientras vivió, Virrey, Capitán General y Patriarca de Antioquia; y ya muerto, primero beato y después santo, destinó su fortuna a la construcción de un seminario. El centro es conocido como “Colegio del Patriarca”. No olvidó, sin embargo, el ornato del centro. Bartolomé Matarana fue uno de los artistas que empleó su genio allí: toda la bóveda está forrada con su arte, y grandes murales decoran las capillas. Francisco Ribalta fue otro de los artistas que allí dejaron huella. La última cena, que desde 1609 se conserva en el altar mayor de la iglesia, fue el encargo que hizo el arzobispo Juan de Ribera a dicho artista. En la mesa están sentados junto a Jesús los apóstoles y, como pasa a menudo entre los genios de la pintura, Ribalta no pudo sustraerse a la tentación de colocar la cara de personajes conocidos en los cuerpos de las figuras que pintaba. El apóstol Pedro recibió los rasgos del prelado, y otro religioso del Colegio puso cara a San Andrés. Aun pintó una cara conocida más.

Última cena (detalle), de Ribalta. Iglesia del Patriaca. Valencia.

    Ribalta tenía el estudio en un popular barrio valenciano. Allí tenía también su taller un zapatero. Se llamaba Joaquín Pradas. Éste tenía la afición de cantar mientras remendaba los zapatos. Al artista esto le irritaba enormemente. Decía que le impedía concentrarse, que le hacía perder la inspiración. La enemistad entre ambos se hizo cada vez más evidente. Ribalta cansado de pedir silencio al artesano decidió colocar los rasgos del zapatero en uno de los apóstoles aún libre de cara. El elegido fue Judas, el apóstol traidor. El escarnio fue insoportable para Pradas. El barrio entero se mofaba de él. Indignado se presentó ante el mismísimo prelado. El Patriarca, que había encargado el lienzo y representaba a San Pedro en el mismo, estuvo apunto de ceder. Los consejos de importantes personajes desaconsejaron el cambio, pidiendo quedara el cuadro tal cual lo había pintado Ribalta. Se le comunicó dicha negativa al zapatero, pero se le dijo que, a cambio, sería indemnizado con una importante suma de dinero. Pradas aceptó. Se mudó de barrio e instaló un nuevo taller de zapatería, que con envidiable sentido del humor y seguramente visión comercial rotuló con el nombre de “Iscariote”. El cuadro, pintado en 1609, aún está en el lugar para el que fue destinado, y en él se puede ver a Joaquín Pradas, el zapatero cantarín, inmortalizado por Ribalta a causa de su voz.
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LA LEYENDA DEL ENMASCARADO. ENTRE LA HISTORIA Y LA LITERATURA

   Hace ya unas semanas que el autor de este blog leyó una novela. Su portada  estaba adornada con la mención del premio recibido, el IV de novela histórica Alexandre Dumas, de la editorial M.A.R. Editor, y su interior con las letras que puestas por Montserrat Suáñez sobre 350 páginas en blanco iban a hacer disfrutar a este lector durante unas cuantas horas, que nunca pensó, o sí, se fueran a hacer tan cortas.




















   Pero la novela, más allá de la descripción, en una indudable demostración del conocimiento de los usos y costumbres de la época, los objetos y utensilios utilizados entonces, nos relata, con una hermosa prosa digna de las mejores plumas del momento, una trama apasionante de acción y romance, odio y venganza, vida y muerte. Mas esto no nos debe dejar olvidar, empero, que estamos ante una novela histórica narrada con una agilidad tan inagotable como imparable la acción que no cesa en momento alguno, porque la novela además de su adjetivo, el que le ha permitido obtener el premio Alexandre Dumas, es, sin dejar de ser novela, una lección de historia: la de la comprensión de una época de la que tanto se ha escrito, pero tan poco se ha explicado, la de la vida en el Sur de Francia, en las regiones occitanas, en el siglo XIII. Tierra de señores y siervos, guerreros y trovadores, inquisidores y herejes, donde las conciencias piadosas de Dios huían de quienes vendían su alma al diablo en degradantes aquelarres. Lugares donde la dualidad imperante en aquellos tiempos se ve doblemente representada en la de sus protagonistas y en la de la herejía albigense que, como pretexto, utiliza la autora para engranar la trama del argumento.

   Vemos en la novela, a veces con crudeza, otras con sutileza, cómo por un lado chocan dos mundos, dos maneras de comprender la vida, una brutal, en la que el uso de la fuerza, el gusto por las armas, el dominio y la pasión, se opone a otra, la de la ternura, los versos, la piedad y el amor cortés, el mundo de La Minne, del amor ideal, idílico; y por otro, casi como en un paralelo de lo anterior, los dos modos de contemplar lo trascendente: el de la Iglesia y su cruzada, en su lucha a sangre y fuego contra el hereje, y el de los cátaros, secta maniquea, intolerable para la jerarquía de la religión oficial pese a ser tan dualista como la de los propios herejes.

   Varias son las referencias históricas a la vida de los cátaros, a las cruzadas predicadas por el papa, a Simón de Montfort, azote de apóstatas.  Y precisamente este apellido, por sus resonancias perversas, por su sectarismo intransigente asimilado como virtud propia, pues como él mismo dijo de sí, tomaba la cruz contra los herejes para gloria de Dios y honra de la Iglesia, es uno de los empleados para definir la dualidad que de aquellos tiempos plasma La Leyenda del Enmascarado.

   Porque el apellido Montfort, gracias a Simón, personifica como pocos el mal en aquella tierra occitana y en aquella época. Baste la siguiente anécdota sucedida en tiempos de Montfort para comprender la crueldad de la represión sobre los seguidores de la doctrina cátara: Foulques, obispo de Toulouse, fue un encarnizado perseguidor de herejes. Sólo en su diócesis, se dice, quizá exageradamente, que dio cuenta de más de diez mil, quemando sus cuerpos en piras o sometidos a otras crueldades. En cierta ocasión predicaba desde el púlpito y comparaba a los herejes cátaros con los lobos y a los católicos con los corderos. Uno de los oyentes a quien Simón de Montfort había arrancado los ojos, mutilado la nariz y uno de sus labios, descubriéndose, gritó al obispo: “¿Ha mordido alguna vez así un cordero a un lobo?”, replicando el prelado que Montfort había sido un buen perro.

   Que el hilo argumental de la novela aproveche el maniqueísmo de la herejía albigense ayuda a potenciar el estado dual en ese mundo medieval y, aun más, en la forma de ser de unos protagonistas, que en un universo de polos opuestos saben unos, dudan otros, el lado hacia el que inclinarse.

   Y aunque no debe olvidarse que la novela es de tipo histórico, también es romántica. Pero advierte este lector de La Leyenda del Enmascarado a otros que aún no la hayan leído, pero sientan inclinación a hacerlo, que no encontrarán estos una novela rosa, no. Descubrirán una historia de amor y desamor, o varias, de amores posibles o imposibles, cuyos desenlaces obligan a devorar las páginas de la novela, a la velocidad con la que la acción se desarrolla, y ello dentro del contexto histórico en el que Montserrat Suáñez nos expone con igual maestría la brutal crueldad de un tormento como la delicada expresión de los sentimientos. El que esto escribe, la leyó casi sin pausa. Como imán quedó pegada a sus manos, que no pudieron quedar libres hasta llegar a su fin. Feliz lectura para quienes decidan descubrirla.
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CABEZAS ILUSTRES

    Es sabido que la esfera es el cuerpo capaz de albergar el mayor volumen con la menor superficie, y por ello la naturaleza la ha tenido en cuenta a la hora de guardar y proteger nuestro cerebro: el órgano desde el que damos las órdenes para hacerlo casi todo.

    Dejando a un lado la malsana afición de los hombres y sus instituciones a descabezar cuerpos en vida, de los que la historia cuenta con cientos de famosos casos y miles de casos anónimos, también después de muertos la cabeza y los sesos que contiene han gozado de todo tipo de atenciones por parte de artistas, literatos, investigadores y magos.

   Basta recordar a Hamlet sosteniendo en su mano una calavera, haciéndose preguntas trascendentes de respuesta incierta. Pero dejando la ficción literaria, la realidad también nos ofrece episodios curiosos en los que la cabeza o el cerebro son los sujetos de los hechos.

    La cabeza de Benedicto XIII ha sido una de las cabezas ilustres más vapuleadas de la historia. San Vicente Ferrer, durante un tiempo su confesor y adscrito a la obediencia aviñonesa, dicen que predijo que acabaría separada de su cuerpo y sirviendo como objeto de juego a unos niños. Los presagios del santo valenciano se cumplieron, al menos en parte. El longevo Papa Luna, murió en su refugio mediterráneo de Peñíscola. Su cadáver fue trasladado a su ciudad natal, Illueca,  en cuyo palacio durmió hasta los primeros años del siglo XVIII cuando, durante la Guerra de Sucesión, el edificio fue saqueado y los restos del antipapa arrojados por un barranco. Fueron precisamente unos niños los que encontraron la calavera de don Pedro de Luna. Los muchachos no teniendo otra cosa con la que entretenerse la usaron como pelota para sus juegos. Si bien estos juegos infantiles con la testa de Benedicto XIII no han sido verificados por la Historia, lo cierto es que su calavera separada del cuerpo rodó por el barranco. Por fin, el cráneo de don Pedro de Luna fue llevado al cercano pueblo de Sabiñán, donde aún permanece.

    Otra cabeza desaparecida fue la de René Descartes. El autor del Discurso del Método había fallecido en Suecia, en 1650. Allí había sido llevado por la reina Cristina para que su corte recibiera las enseñanzas de tan insigne sabio, y allí murió del mal de ijada, una pulmonía, que contrajo durante el gélido invierno sueco del que las frías y húmedas habitaciones de palacio no lograron proteger al gran filósofo y matemático. El cadáver fue trasladado a Francia, pero en el camino alguien sustrajo su cráneo, que anduvo pasando de mano en mano por media Europa hasta su llegada a París, donde acabó instalado en un museo que aún lo conserva.

Goya. Autorretrato. Museo de Bellas Artes de San Fernando. Madrid.
También la cabeza de Goya fue objeto de estudio. Cuando sus restos
enterrados en Burdeos fueron exhumados para su traslado a España,
se comprobó que el cuerpo del pintor carecía de cabeza. Se piensa
que fue usada para estudios frenológicos, tan de moda en el siglo XIX.

    También el cerebro ha gozado del interés de los hombres. Su estudio para tratar de descubrir los secretos de la inteligencia ha sido una de las razones de tanto interés. El de Lenin fue conservado en formol y más tarde seccionado en innumerables cortes laminares para su estudio. Los científicos soviéticos determinaron que poseía una inteligencia superior, y lo comparaban con los cerebros de las eminencias, de cualquier rama del saber, que iban falleciendo en la Unión Soviética, con resultado siempre favorable para el héroe de la revolución. Así fueron conservados y estudiados como el de Lenín, los cerebros de Paulov y del propio Stalin.

    Los americanos tampoco se quedaron atrás en el estudio de las masas encefálicas. Tras la muerte de Benito Mussolini, en la orillas del lago Como, su cuerpo fue colgado por los pies, junto al de su compañera Claretta Petacci en el techo de una gasolinera de la plaza del Loreto de Milán. Los americanos solicitaron a las autoridades italianas poder estudiar su cerebro con intención de averiguar los mecanismos mentales de un dictador. Los italianos consintieron, y autorizaron la entrega de treinta gramos del cerebro de Mussolini. De su estudio, los americanos obtuvieron como conclusión que la salud física del Duce era buena. Nada más. Devolvieron el fragmento cerebral del dictador, que fue conservado en formol, con el resto del cerebro, hasta su inhumación junto al cuerpo de su dueño.
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AUTORRETRATOS

   Todos admiramos las grandes obras de la pintura, recordamos los cuadros de hechos famosos o los retratos de reyes y personajes protagonistas de la historia. Muchos de los autores de estos grandes cuadros fueron también retratados, cuando no fueron ellos quienes se retrataron a sí mismos, pero también decidieron aparecer con mayor o menor disimulo junto a otros personajes en los cuadros que se les encargaba pintar como testimonio del pasado.
  
   Entre estas raras excepciones, algunas son muy conocidas. Quién no recuerda a don Diego Velázquez, paleta en mano, mirando a los reyes don Felipe y doña Ana, quienes, aunque dentro de cuadro, contemplaban la escena desde fuera, o a don Francisco de Goya, entre sombras, también junto a la familia real, la de Carlos IV o de María Luisa de Parma, que viéndola a ella, más parecía ser ella que el rey quien llevara los pantalones, en lo que Manuel Godoy les dejaba, claro.

   También El Greco decidió dejarnos su rostro en su obra cumbre. Y no sólo él, su hijo, Jorge Manuel, tiene lugar importante en “El entierro del Conde Orgaz”. Algunos artistas han querido pasar a la posteridad de forma algo más anónima, casi de puntillas. En la catedral de Valencia, en la bóveda de la capilla mayor, se descubrieron bajo la capa barroca que los ocultaba unos frescos renacentistas que han resultado la admiración de todos. Si se sabía que estaban allí ocultos nadie desde el síglo XVII había podido verlos hasta llegado el XXI. Son obra de Paolo San Leocadio y Francesco Pagano y representan una serie de ángeles músicos, que desde el cielo, con sus instrumentos, exaltan la gloria de Dios. No quiso San Leocadio, autor material, como quedó dicho en este mismo blog al hablar de estos frescos, pasar inadvertido, y sin decirlo, o sin que alguien lo avisara, allí se retrató a sí mismo, como serafín en la gloria, pues los expertos parecen concluir que uno de aquellos angelicales seres que adornan la bóveda de la catedral valenciana fue una representación del propio San Leocadio cuando, a sus treinta años, realizó tal maravilla.

   Otros pintores no se conforman con compartir su propia obra, y la quieren toda para sí. Autoretratos así los encontramos en Durero, Mengs, pintor palatino de Carlos III, en Artemisia Gentileschi, o en Rembrandt, que se autorretrató en abundantes obras individuales, como hizo también Van Gogh; en  Picaso, Frida Kahlo o Edward Hoppe. La lista sería casi interminable. Sus razones tendrían para hacerlo, comunes a todo individuo: perpetuar su recuerdo, quizás.

   Meng tenía un alto concepto de sí mismo, y su fama ha llegado a nosotros como la de un eminente artista gracias al texto de su amigo José Nicolás de Azara sobre las obras de Antonio Rafael Mengs y el relato de algunas noticias de su vida.  Casi una hagiografía, cuya visión no compartía Giacomo Casanova, que lo conoció y trató en España e Italia. Decía el veneciano del pintor bohemio muchas cosas, y casi ninguna buena. Lo tachaba de borracho, celoso de todos; ignorante, aunque queriendo parecer docto; y lúbrico, pero simulando virtud. Si bien le reconocía ser trabajador, le reprochaba la alta consideración que de sí mismo tenía. Contó que en cierta ocasión le advirtió que quienes se negaban a llamarlo con sus dos nombres de pila le agraviaban, siendo él pintor, pues no le reconocían los méritos que él mismo atesoraba de los genios de los que su padre había tomado nombres para él: Antonio Correggio y Rafael Sanzio.

Autorretrato de Mengs. Copia de Rafael Ximeno i Planes.
Museo de Bellas Artes de Valencia.

  Conviene, no obstante, saber que la mala opinión que de Meng se formó Casanova, con ser objetiva, nació cuando el pintor amonestó a Casanova, alojado en su casa durante la estancia en España del aventurero italiano. No había acudido Casanova a los oficios pascuales, a causa de una enfermedad, y el párroco al observar la ausencia, desconociendo la razón, publicó en la puerta de su iglesia la lista de los incumplidores de sus obligaciones con el cielo, entre los que se hallaba el nombre del veneciano, reprendiendo a su vez a Meng por dar hospitalidad a un ingrato a Dios. El pintor no sólo reprochó a Casanova su acción, sino que le conminó a buscar alojamiento en otro lugar. Vamos que le echó de ella. Como es natural Casanova no encajó bien la afrenta, justificó ante el cura su ausencia y al pintor le recordó aquellas palabras de Ovidio, tan llenas de intención: “Es más vergonzoso expulsar a un huésped que no acogerlo”.

   Pero otros pintores mucho menos famosos hoy también dejaron su huella casi macabra para la posteridad, a costa de sí mismos, como fue el caso del pintor rumano Victor Brauner, que fruto de una premonición convertida en obsesión, nos dejó su retrato de hombre tuerto siete años antes de que la desgracia se abatiera sobre él. Pertenecía Brauner al círculo de los existencialistas que revolucionaban París en el periodo de entreguerras. Allí se reunía con frecuencia con los españoles Oscar Domínguez, Esteban Francés y Remedios Varo. Cierto día de 1938 se hallaban reunidos en el estudio que Domínguez tenía en el Boulevard Montparnasse. Remedios Varo, pintora como sus compañeros, era una mujer atractiva a sus treinta años, separada de su marido, liberal y desinhibida, como sus compañeros. Francés, al parecer, en un momento dado le reprochó ese comportamiento que no veía censurable en él mismo, y Domínguez, el anfitrión salió en defensa de Varo. La discusión se tornó acalorada y las voces dieron paso a los gritos primero, convirtiéndose en pelea entre los dos hombres después. Los asistentes trataron de separarlos, pero Francés, revolviéndose, antes de dar por concluida la riña, arrojó un vaso contra Domínguez, con tan mala suerte que impactó en el rostro de Brauner, que se interponía entre los contendientes. El rumano se desplomó, mas cuando acudieron en su ayuda los demás y giraron su cuerpo, vieron horrorizados que uno de sus ojos se hallaba fuera de su cuenca. Y dicen que al verse reflejado en el espejo, comentó ver ante aquel cristal su autorretrato pintado en 1931.

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NOTICIA LITERARIA

   Aunque no es frecuente en este blog de historia dar noticia de novedades editoriales, hoy quiero hablar de una que reúne en un volumen los puntales sobre los que este blog se apoya:  la historia y la literatura. En el caso de este blog, por ser mera afición; en el caso de la novela de la que les voy a hablar, por ser ambas, junto a su autora, causas de su excelencia.



   Acaba de ser publicado y ya se encuentra en las librerías la novela “La leyenda del enmascarado” de nuestra querida Montserrat Suáñez. No es una novela más ésta que ahora sale a la luz, pues el libro ha sido galardonado con el premio “Alexandre Dumas” de novela histórica, en su cuarta edición, otorgado por M.A.R Editor, todo un aval para los amantes de la literatura y la historia, como digo.

   Dejo a continuación el enlace a la entrada que sobre su novela ha publicado la autora, con los detalles de la publicación y modo de conseguir la obra, que por lo demás se encuentra disponible en la pagina de la editorial, MAR Editor y, por supuesto, en las mejores librerías.

http://themaskedlady.blogspot.com.es/2016/05/acaba-de-publicarse-la-leyenda-del.html

LA FUENTE DE CELLA

   El viajero, en su camino por tierras de Aragón, se desvía de su camino para ver una fuente al decir de unos, al de otros pozo, que sabe está en Cella. Durante mucho tiempo se ha tenido, y aún hoy, aunque estrictamente no lo sea, por el nacimiento del río Jiloca, un tributario del Jalón que las mezcla con las suyas, para entregarlas al Ebro.  

   Como en tantas ocasiones ocurre, la leyenda invade el terreno de la historia cuando ésta carece de certezas y detalles. Se cree que fueron los templarios quienes excavaron el pozo, y que más tarde, cuando la importancia, el gusto por lo bello y los recursos dieron para ello, se construyó el pretil que lo rodea; pero aún siguen vivas las leyendas que hablan del afloramiento de las aguas que riegan los campos de Cella y sus alrededores.

   Y a falta de una son dos las leyendas que se confunden y toman una cosas de la otra y ésta se apoya en la primera para fraguar la memoria de lo irreal.








   Una nos habla de Zaida, la hija de alcaide que, pretendida por Melek, hijo del rey moro de Albarracín, y por don Hernando, conde de Abuán,  caballero cristiano acompañante del Cid Campeador, que hizo de aquella tierra punto de encuentro en la toma de Teruel, se inclinó por el amor del cristiano, lo que despertó los celos del sarraceno y fue causa de trágico final para ambos.

   Y es que por no querer contrariar a Abú Meruán, el padre de Melek, puso a su hija como premio para aquel de los pretendientes que lograra cumplir el cometido que les encomendaba. Solo el vencedor lograría la mano de su hija, la hermosa Zaida. Tres años fue el plazo dado y duro el trabajo encargado. A Melek el de reconstruir el acueducto que los romanos, siglos antes, habían trazado desde Albarracín a más de cinco leguas, llevando a Cella las aguas del Guadalaviar; a don Hernando, más difícil si cabe, el de encontrar agua y hacerla aflorar en la misma población o sus alrededores.

   Quiso la fortuna que fuera el conde de Abuán quien diera con un pozo antes de cumplirse el plazo. La alegría de Zaida fue incontenible, y gozosa, se acercó al manantial donde, con sus propias manos, recogió cuanta agua cabía en sus palmas y la ofreció al esforzado conde, momento en el que acertó a pasar por allí Melek que, viéndose derrotado y celoso por las atenciones que la dama prodigaba a su rival, ciego por la ira, se abalanzó sobre don Hernando, que en defensa propia, dio muerte al príncipe moro. Triste y rabioso, Abú Meruán, para vengar la muerte de su hijo, concedió la libertad a un preso de la peor calaña al que pagó generosamente para que diera muerte a don Hernando. Y así fue como muerto también el conde, Zaida murió de pena y su espíritu sigue buscando en el fondo del pozo abierto el cuerpo de su enamorado.

   La otra, trágica como la anterior, habla de muerte y venganza también, en tiempos de Alfonso I el Batallador. De Cella era uno de los caballeros que acompañaban al rey en su avance hacia Teruel. Era casado con una hermosa dama que despertaba la admiración de todos, pero impuros deseos en un viejo y acaudalado vecino que, aprovechando la ausencia del esposo, cierto día que la encontró a su paso, dedicó deshonestas palabras a la mujer. El viejo, al verse despreciado en sus atenciones la empujó y cayendo sobre unas rocas resultó muerta. En ese instante el esposo en un estado próximo al de la clarividencia, retornó a Cella con ánimo vengativo, encontrando a su esposa fallecida y al viejo culpable de su muerte aún en el lugar. Sin vida también el lúbrico y rico anciano, se tuvo el lugar donde había acaecido el doble crimen por lugar maldito y se decidió levantar una ermita, mas al amanecer de cada día se encontraba deshecho lo construido durante el día anterior. Si era el espíritu maligno del viejo rico, quien cada noche desmontaba lo erigido durante día nadie lo sabía. Así día tras día, hasta que un peregrino de paso por Cella, escuchando la historia, advirtió que sólo con agua bendita lo construido por la mañana permanecería tras caer la noche. Se bendijo el lugar y, en la madrugada de aquel día, se desató una tormenta terrible y un rayo cayó donde se bendijeron las piedras. Y allí mismo, donde dicen hoy está la fuente de Cella, comenzó a brotar agua.











   Pero en realidad el origen de esta fuente, el mayor pozo artesiano de Europa, es muy otra y nada tiene que ver con leyendas y sí con los fenómenos naturales que supieron aprovechar los templarios, que excavaron el pozo, cuando Alfonso II, el Casto, entregó la futura villa ─fue Jaime I quien concedió dicho  título─ a dicha orden de caballeros. El caudal que es abundantísimo y proviene del gran acuífero que desde Cella alcanza el subsuelo de Molina de Aragón, se distribuye gracias a acequias que desde los dos cárcavos de la fuente riegan los campos de la comarca. Pero lo que más llama la atención del viajero es el pretil elíptico que, con sus ciento treinta metros de perímetro, cierra el manantial y le evita el peligro de caer al pozo que alcanza una profundidad de doce metros, y el templete que de manera tan armónica sirve para forma uno de los túneles de desagüe. Sobre la puerta de entrada una placa fechada en 1929 recuerda el bicentenario de la construcción del pretil y de esta capilla puesta bajo la advocación de San Clemente de Alejandría, al que se invoca para la obtención de aguas limpias y puras, como así le parece al viajero, viendo el cielo reflejado en ellas.
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