VIAJES EN TERCERA PERSONA. MADRID (I)

   Siempre se ha resistido el viajero a escribir sobre Madrid por estar seguro de no hacer justicia a la enormidad del arte, de dichos y hechos que la capital de España encierra. Es tanto lo que se ha dicho de ella, y el viajero va a decir tan poco, que se siente incapaz casi de abarcar en pocas líneas lo que otros en grandes tomos no han podido contar del todo.

   Al hablar de ella lo primero que le viene al pensamiento al viajero es lo grande que todo le parece: grandes avenidas, grandes palacios, grandes museos y enorme su historia. Grandeza en todos los sentidos, y no es que lo fuera en tiempos de Lope de Vega, pero ya El Fénix de los Ingenios dijo y dejó escrito que:

                                Ya sabéis que Madrid
                                excede como en el celo
                                a muchas grandes ciudades
                                en riquezas y deseos…
                                                                         
   Pero Madrid no siempre fue grande. Hasta el siglo XVI, el viajero puede decir que fue población castellana que pasa más o menos inadvertida; pero en tiempos del emperador Carlos y más aun de su hijo Felipe, Madrid entra en la historia por la puerta grande. Pie para ello le había dado a Felipe II su padre cuando desde Yuste le dijo: Si quieres conservar tus dominios deja la Corte en Toledo, si deseas aumentarlos llévala a Lisboa, si no te importa perderlos ponla en Madrid”. Eligió Madrid el rey Prudente, y no se atreve a juzgar el viajero si ello tiene que ver con que al paulatino engrandecimiento de la Villa y Corte siguiera una lenta, pero acompasada mengua del imperio en el que nunca se ponía el Sol. Si acaso, piensa que tuvieron mucho que ver los incapaces reyes que le siguieron, algunos de sus validos y aun más el agotamiento de una nación que entregaba su ser, por su sangre en los campos de batalla y por su genialidad con novelas ejemplares, recitando poemas, representando comedias y cubriendo las paredes de lienzos y las iglesias de oro.  De ese metal se acabará llamando ese siglo por el que España ha sido admiración del mundo. Pero no quiere el viajero divagar en cosas que le pierdan de su paseo y para acabar de hablar de grandezas y pequeñeces vuelve a Lope para contar algo sobre otras de las cosas de las que hoy Madrid empieza a presumir, aunque antes no lo hiciera: su río. Y es que durante la inauguración de un puente sobre el Manzanares fue invitado Lope de Vega. Llamó la atención que se distanciara algo de las autoridades y demás invitados, razón por la cual el corregidor se acercó al Fénix de los Ingenios y le preguntó qué le parecía el puente que iban a inaugurar. Ingenioso como era, y malicioso como correspondía al caso, contestó: Señor corregidor, no os daré una opinión sino un consejo: “Una de dos, que la villa de Madrid, o se compre un río o que venda el puente”. Y se pregunta el viajero recordando lo dicho por don Lope si los males de ahora vienen, pues, de tiempo atrás.

   El viajero, puesto que se aloja cerca, lo primero que hace es poner los pies, si no en el centro geográfico de España, sí en el lugar desde donde se empiezan a contar las distancias de las carreteras radiales españolas. El viajero está en la Puerta del Sol. Podría quedarse aquí varias horas si tuviera que contar todo lo que de importancia para la historia de España ha sucedido en ella. Desde que existe como plaza, es decir desde, más o menos, mediados del siglo XVI, aunque en su forma actual no llega a cumplir los dos siglos, ha sufrido varias transformaciones y allí los madrileños y los españoles han visto pasar de todo, y hasta hace bien poco.



   Callejeando, el viajero halla cosas que no esperaba encontrar. Si visitar los sitios que busca le gusta, descubrir lo que ni sabe que existe le causa mucha emoción, no tanto por lo descubierto, como por la sorpresa de hacerlo; como cuando al pasar ante la puerta de la iglesia de San Ildefonso, a punto de pasar de largo, se asoma un instante y descubre en el atrio una placa que le advierte que en aquel templo contrajo matrimonio doña Rosalía de Castro un 10 de octubre de 1858.

   Contento con su pequeño hallazgo, no tarda el viajero en llegar al lugar, este sí, buscado. Al entrar en la iglesia de San Antonio de los Alemanes sólo ve en su interior tres personas. Se trata de una pareja que escucha las explicaciones del tercero sobre los milagros representados en los retablos laterales del templo. El viajero, que no es la primera vez que visita esta iglesia, toma asiento durante un rato y observa los frescos de la enorme bóveda ovalada pintada hacia 1662 por los pintores de la corte Carreño de Miranda y Francisco Rizzi y restaurada en buena parte unos años después por Lucas Jordán. La iglesia fue llamada al principio de los portugueses, pero cambió su nombre por el actual de los alemanes tras la pérdida definitiva de Portugal en 1668, en tiempos de la reina regente doña Mariana de Austria. Tiene suerte el viajero, pues ya de pie, correteando cerca del altar mayor, ve como Joaquín, que así se llama la persona que antes hablaba con los visitantes, que ya se fueron, le pregunta si quiere que le explique algo sobre la iglesia, y sin darle tiempo a responder se ve escuchando que es de Trujillo y que por no dejar aquello solo mientras se realizan los trabajos de restauración de la capilla mayor, explica a quien quiere oírle lo poco que dice saber de la iglesia, pero que al viajero le parece que así dice por modestia. Le habla de los milagros representados en las capillas, de los reyes santos pintados en los frescos del contorno de la iglesia, y de los que figuran, los Austrias menores y algún Borbón, en los medallones que coronan los arcos de los altares.  Luego le invita a pasar a la sacristía. El viajero no cabe de contento.

   Al salir, cerca de la calle de Alcalá, muy cerca de la Fuente de Cibeles, el viajero pasa por delante de la casa de las Siete Chimeneas. No llama mucho la atención hoy, pero hace unos doscientos cincuenta años fue objeto de mucha por los madrileños. Allí vivía un ministro de Carlos III, famoso por el motín que contra él hubo en la Villa. No es lugar éste para entrar en detalles sobre las auténticas causas del motín o si fue promovido por algunas de las casas nobiliarias descontentas o incluso por los frailes de la Compañía de Jesús, siempre en el ojo del huracán de cuantos males ocurrían, pero sí para contar lo que empezó a pasar el Domingo de Ramos de 1766. Aquel día se presentó en el cuartel de los Inválidos, que entonces había en la plazuela de Antón Martín, un hombre cubierta su cabeza con sombrero de ala ancha, oculto el rostro y envuelto todo con una capa. Incrédulo, el vigilante increpa su proceder, advierte al osado individuo que por disposición real está prohibido usar aquellas prendas y ocultar el rostro, preguntando al audaz si acaso no conoce dicha orden, conminándolo al tiempo a descubrirse. Pero el embozado, resuelto a todo, lejos de observar lo que el oficial le manda, responde con provocadora insolencia que sí, que conoce bien la disposición del rey, que no la cumple ni la piensa cumplir y que si de ese modo viste es por su voluntad de hacerlo así, vamos, porque le da la gana. Llama el oficial, ante tal descaro a la guardia, para detener al atrevido, mas cuando llegan los soldados aparecen tras el embozado provocador un pequeño ejército de iguales e irreconocibles sujetos cubiertas sus testas con chambergos, sus cuerpos con capas, y espadas al cinto, que desenvainan con rapidez,  enfrentándose a la guardia y poniéndola en fuga. Montado el follón, ya motín, embozado, compinches y muchos otros ya prosiguen sus tropelías por las calles de Madrid hasta llegar frente a la casa ante la que el viajero ahora está. Ni Esquilache ni su mujer estaban allí entonces, y lo pagaron sus sirvientes, uno de los cuales, que se opuso al allanamiento, resultó muerto. Finalmente obligado el rey por las circunstancia, quedaron sin efectos las prohibiciones, y el ministro Italiano fuera de España.

   El viajero va viendo edificios, monumentos, fuentes, y comprueba en muchos de ellos un denominador común, que el autor de muchas de esas obras se llama Ventura Rodríguez. Repetirá el viajero varias veces este nombre para reconocimiento de quién tanto hizo: la primera, al llegar a la plaza de Cibeles, pues la fuente que la adorna es obra de Rodríguez. El viajero admira el Banco de España. Por esas cosas del destino, al viajero le resulta irónico que el Banco, inmensa caja fuerte, entre otras cosas, de las reservas de oro y divisas españolas, esté precisamente en la esquina en la que estuvo el palacio de Alcañices, del duque de Sesto, ─construido a su vez sobre el solar donde antes tuvo otro el valido de Felipe IV, don Luis de Haro─, que vendió por la necesidad de dinero que tenía para mantener en el destierro a la reina Isabel II y costear en parte la educación del futuro Alfonso XII. Porque Pepe, así le llamaba con familiaridad la irreflexiva reina, fue el paradigma de cortesano fiel. Acompañaba a la reina en San Sebastián cuando ésta eligió irse de España, antes que permanecer en ella, como Alcañices le recomendó cuando ante la duda real, el marqués, que también esto era, le dijo: “¿Renunciará su Majestad, regresando a Madrid, al laurel de la gloria?", respondiendo la indolente reina con la no menos famosa frase: “Mira Alcañices, el laurel para la pepitoria y la gloria para los niños que mueren". Y se marcho tan fresca para Francia.




   El viajero bien se merece un descanso y pasea sin prisa por el Retiro. Es este parque parte de lo que fue Real Sitio, y en uno de sus lados tuvo propiedad la condesa de Olivares de una pajarera, por lo que el jardín fue conocido por “El gallinero”. Después de corretear un poco por el parque, por lo que fue, cuando aún no era moderno hablar de parques zoológicos, la Casa de las Fieras, haber visto el paseo de las estatuas, el gran estanque presidido por Alfonso XII, y un poco más allá el monumento al Ángel Caído, cuya altitud sobre el nivel del mar, posiblemente casual, es de 666 metros, el viajero sale del parque y baja por la cuesta de Moyano.

   Es famoso este paseo entre los paseantes aficionados a la lectura porque allí están los puestos de libros, que pronto hará un siglo llevan instalados en dicha calle, homenaje justo al político zamorano, alma de la Ley de Instrucción Pública que impuso en 1857 la enseñanza obligatoria y gratuita entre los 6 y los 12 años y que, a diferencia de otros tiempos más recientes, se mantuvo vigente más de cien años.  El Viajero se para en alguno de los puestos y después sigue su camino, y sin que le quede tiempo en dejar de pensar en los libros, cruza el Paseo del Prado y entra en el Barrio de las Letras.

   Anda por la calle Lope de Vega, en cuyo convento de las Trinitarias se asegura reposan los restos de Cervantes, aunque no es en eso en lo que piensa el viajero, cuando también por allí ve calle en recuerdo de Quevedo. No es gran cosa, y desde luego juzga el viajero que es corta para quien tan larga lengua tuvo, pero aun así tiene más de lo que don Luis de Góngora, su rival, tiene en ese barrio, que es nada.

   Cuando le nació a Felipe IV su último hijo, aquél que dibujó una sonrisa de alivio en quienes por fin veían un heredero de la corona, y poco después, en los mismos, una mueca de preocupación al comprobar la invalidez del infante, su padre, el rey, quiso dar las gracias al cielo por ese fruto tan deseado. Como prueba de las muchas gracias que deseaba dar, Felipe mandó construir un convento que estuviera bajo la advocación de Nuestra Señora de la Concepción. Esto sucedía en 1663 y el encargado de su fundación fue el ministro del Consejo de Castilla don Juan Jiménez de Góngora. El paso del tiempo, que todo lo cambia, hizo que el convento  se conociera como “el de las Góngoras”; y pasando más tiempo aún, tanto como trescientos años después de su fundación, que la calle en la que se ubica cambiase también su nombre por el de calle de Góngora, creyendo que el convento debía su apelativo al escritor monje y que sería el justo desagravio al dueño del distinguido representante del culteranismo, que no tenía calle en el barrio de las letras donde Lope de Vega, Cervantes, Quevedo y otros sí la tienen.

   El viajero que no quiere agotar sus fuerzas en un solo día, se toma un descanso y deja para el día siguiente la visita del Palacio Real, que es mucho palacio y requiere tener cuerpo y mente descansados.

   En la Plaza de Oriente, antes de entrar en la mansión real, el viajero mira la estatua ecuestre de Felipe IV. Fue este rey con el que de modo más patente contempló España el comienzo de su declinar como potencia en el mundo y, sin embargo, el reinado en el que dio su genio a ese mundo en el que empezaba de dejar de mandar. Y es que la estatua que el viajero admira fue diseñada por Velazquez,  modelado el rostro del rey por Martínez Montañés,  fundido el bronce por Piero Tacca y todo hecho porque Galileo Galilei consiguió que la cabalgadura, apoyada únicamente sobre sus cuartos traseros, se mantuviera así dejando hueca la parte delantera de la escultura y maciza trasera.



   El palacio del que dijo Napoleón a su hermano José cuando lo hizo rey de España: “Estarás mejor alojado que yo en Versalles”, comenzó a erigirse, tras consumir las llamas el antiguo alcázar de los Austrias, en el siglo XVIII, Primero Filipo Juvara y Sachetti después, al morir el primero, fueron los principales artífices de la obra, pero no puede olvidar el viajero, como prometió, nombrar de nuevo a Ventura Rodríguez, pues alumno adelantado de Juvara, intervino en la obra como ayudante, y más tarde superando al maestro se ocupó de realizar la capilla real.

   En el palacio han sucedido tantos acontecimientos de la historia de España que el viajero se conformará con poner dos ejemplos: uno es el ocurrido en la escalera real, cuando don Domingo Dulce, al mando de la guardia de palacio, logra mantener a raya a los asaltantes que intentan apoderarse de Palacio. Están estos inspirados por doña Cristina, que poco antes ha dejado España y a sus hijas, y son contrarios a Espartero, el regente. Tratan de secuestrar a la reina Isabel, aún niña, y a su hermana la infanta Luisa Fernanda. Los asaltantes han alcanzado el rellano de los leones. Desde lo alto los alabarderos del entonces comandante Dulce resisten. Hay cristales rotos, pánico. La condesa de Espoz y Mina, al cuidado de las niñas, las traslada de una a otra estancia, buscando la mayor seguridad. Tras once horas de tiroteos, sobre las seis de la mañana del 8 de octubre de 1841 los asaltantes son reducidos y los detenidos ajusticiados. No ocurre lo mismo con los jefes militares del complot,  los generales Concha y Pezuela, que huyen. También el general Diego de León lo hace, pero a la altura de la Puerta de Hierro pierde su caballo. Prosigue a pie el general, pero es alcanzado por un escuadrón de húsares. Al mando del mismo está el capitán Laviña, que había sido ayudante del general. Le propone huir, como ha hecho el resto. Nada dirá si lo hace. Rehúsa el general. "Espartero no me fusilará", dice Diego de León. El 15 de octubre en las inmediaciones de la Puerta de Toledo el general Diego de León cae bajo las balas del pelotón de fusilamiento.

   Y puestos en pendencias, en el mismo siglo, y pocos años después, también con la reina Isabel como pretexto, una nueva escena sucede en palacio. Despacha el presidente Narváez  con su ayudante Joaquín Osorio y Silva, cuando oyen voces provenientes de la antecámara de la reina. Isabel, en su nido de amor ha recibido a Enrique Puigmoltó, cuando se presenta con pretensiones de ver a la reina el rey Francisco de Asís, acompañado del general Urbiztondo, ministro de la Guerra. La situación puede resultar muy comprometida. Los alabarderos que custodian el recinto le niegan el paso y el alboroto producido atrae a Narváez.
   ─Quiero ver a la reina, es mi esposa y tengo derecho, insiste Francisco de Asís, al ver llegar a don Ramón.
   ─Eso no es posible sin el permiso de la reina. No insista, majestad.
   Es absurdo, tercia Urbiztondo, ministro de Narváez, pero de parte de rey en esta ocasión. Es inadmisible negar el paso al rey, repite dando un paso al frente.
   Para contrarrestar ese gesto, Osorio hace lo propio y con otro intimidatorio pone su mano sobre la empuñadura de su sable, momento en el que Urbiztondo desenfunda y atraviesa de una estocada al oponente. Se entabla, entonces, un duelo entre el presidente y su ministro en presencia del rey, que aterrado contempla la escena. Heridos ambos combatientes, es Narváez quien finalmente hunde mortalmente su acero entre las carnes del ministro. El nombre de la reina ha quedado a salvo, y la muertes producidas convertidas en accidentes.

   Tanta acción ha despertado el apetito del viajero que, tras reponer fuerzas, acude, porque no hay más remedio que hacerlo así, casi con el estómago lleno, al Monasterio de las Descalzas Reales, que lo es para las monjas clarisas que lo habitan, pero museo para los visitantes que lo admiran. A este monasterio se va si se está avisado, pues está un tanto escondido; y se ve si se tiene paciencia, pues las sores lo abren durante pocas horas y a grupos limitados. El viajero, que sí que está avisado y es de natural paciente para estas cosas ya está dentro, y maravillado. No contará mucho de lo que ve en el interior, pues es tanto y tan magnífico que sólo puede recomendarlo a quien le quiera hacer caso, pero no puede callar que nada más comenzar a subir las escaleras y ver a don Felipe IV y su familia asomada al balcón real en un trampantojo pintado en uno de los tramos de la escalera, le parece haber entrado en un túnel del tiempo del que ya no saldrá hasta que vuelva a la calle. Y es que este monasterio fundado por doña Juana de Austria, que no pudo ser reina, pero fue hija de un emperador y hermana de un rey, esposa de un príncipe y madre de un rey es una de las joyas más delicadas de Madrid.

   No se alargará el viajero demasiado en este paseo, y dejará para el futuro contar más historias de los sitios vistos y de los que verá en próximas visitas. Y si comenzó el viajero recordando unos versos de Lope de Vega, termina evocando otros de José Bergamín hablando de Madrid:

                          A la luz que tus aires aposenta
                          Cervantes le dio voz, Velázquez brío,
                          Quevedo sombras, Calderón afrenta
                          Rodeando las llamas de su vacío.
                          Y Goya con sutil mano violenta
                          Máscara de garboso señorío.

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EL XIX. EL MINISTERIO RELÁMPAGO

   Fue tan escasa su importancia como breve su duración, pese a lo cual no hay libro sobre la historia del siglo XIX que no vea iluminada alguna de sus páginas con el destello, porque eso fue, un visto y no visto, de la chifladura de aquel nombramiento.

   Ni era la primera vez, ni sería la última que la reina iba a poner su firma y, como una niña descubierta después de hecho algo mal, echar la culpa a los demás. Así había pasado en 1843, cuando pintó su firma sobre los decretos que Salustiano Olózaga le había presentado, pero entonces, y aunque era reina, contaba con apenas 13 años; y así ocurría ahora, en octubre de 1849, con diecinueve años cumplidos, embarazada, cuando cedió a los ruegos de una de las camarillas de palacio, y aun a los deseos de uno de sus favoritos entonces  también: el seductor marqués de Bedmar, introducido en la corte, para alcanzar la alcoba de la reina, por el Marqués de Salamanca.

                                                         *

   La camarilla del rey Francisco de Asís no es la única que se esfuerza en influir en los asuntos del reino. Otras, como la conocida “Camarilla napolitana” comandada por la reina madre y su esposo Fernando Muñoz, o la muy católica del padre Fulgencio, confesor del rey, sor Patrocinio, la Monja de las Llagas, y en menor medida, sor Sacramento, también toman partido en un juego en el que el rey intriga tanto como es objeto de las intrigas de los demás. Un juego confuso en el que las camarillas parecían actuar conjunta o separadamente según los intereses del momento.

   Varios son los interesados en privar a Narváez del gobierno que dirige desde 1847, y varias las versiones sobre las recomendaciones que la reina recibe para exonerarlo del cargo, que no son incompatibles. Que Isabel firme el decreto a petición de su amante Manuel Antonio Acuña y Dewite es posible. Una reveladora nota de la reina a su marqués preferido indicándole que, llegado el momento, pase la mano por la barandilla de su palco en la velada teatral a la que ambos van a asistir, si desea que Narváez sea destituido, parece que involucra Bedmar. Pero que el rey Francisco de Asís aliente a la reina a un cambio de gobierno parece también impulso capaz de doblar la voluntad voluble de la reina. No son amigables las relaciones entre el rey y Narváez. Es el monarca consorte, alentado por su camarilla, defensor de su pretensión a participar en el gobierno, pues tiene una visión absolutista del poder. Tampoco es mayor la estima que del general tienen el padre Fulgencio y sor Patrocinio, cuya antipatía por el duque de Valencia es notoria, a causa de la escasa observancia de las prácticas religiosas por parte del general.

   Resultado de una u otra cosa, o de ambas, el caso es que aquel 18 de octubre sobre las cinco de la tarde da aviso la reina al presidente de su intención de sustituir el gobierno. Apenas dos horas más tarde, se presenta en palacio Narváez y su gobierno, que presenta la dimisión, cuya aceptación se publica el día siguiente: “Atendiendo a las razones que me ha expuesto el Presidente del Consejo de Ministros D. José María Narváez, Duque de Valencia, Capitán General de los Ejércitos, vengo en admitirle la dimisión que me ha hecho del expresado cargo, quedando altamente satisfecha del distinguido celo, suma inteligencia y lealtad con que lo ha desempeñado. Dado en Palacio a 19 de octubre de 1849.

Isabel II, por Ángel María Cortellini. 1952. Museo del Romanticismo, Madrid

   El nuevo gobierno, hechuras de la camarilla del rey y de la facción ultracatólica, lo preside el general don Serafín María de Soto, conde de Clonard, que asume la cartera de Guerra; Cea Bermúdez es nombrado Ministro de Estado; el general y mariscal de campo don Trinidad Balboa, de Gobernación, ocupándose también interinamente de la cartera de Comercio, Instrucción y Obras Públicas, nombramientos estos y los de los restantes ministros que fueron firmados por la reina ese día.

   Durante las siguientes horas María Cristina, la reina madre, habla con su hija, que siempre encuentra justificación y culpa en otros. Convencida del error, Isabel llama al duque de Valencia. Narváez acude a la llamada de la reina:
 ─Ramón, Francisco me asustó, no tuve más remedio, compréndeme.
   Y el general es repuesto. Acostumbrado como está a disolver gobiernos, se dirige al conde Clonard en frase que se ha hecho célebre:
   ─Vuestra excelencia puede ir a descansar de sus fatigas.
   El gobierno todo ha sido cesado. Ha durado veintisiete horas.

   De modo que también dado en Palacio, pero al día siguiente la reina rubrica el siguiente decreto: “Atendiendo a los altos merecimientos, extraordinarios servicios y acrisolada lealtad de D. Ramón María Narváez, duque de Valencia, vengo en nombrarle Presidente de mi Consejo de Ministros, siguiéndole los ceses de los nombrados el día anterior y los nombramientos de nuevos ministros, en los respectivos decretos rubricados por la reina.

   Al mando de todo otra vez, el espadón de Loja actúa sin contemplaciones. También a esto está acostumbrado, y puesto que sabe que lo sucedido ha sido, según sus propias palabras, un drama preparado por un fraile, una monja y un rey, que ha terminado en sainete, está dispuesto a poner a cada uno en su lugar: al padre Fulgencio, en el convento que los escolapios tienen en Archidona; a sor Patrocinio en un convento de Talavera de la Reina y puesto que al rey no lo puede encerrar en el Alcázar de Segovia, como hubiera querido, se limitó a confinarlos en sus habitaciones, lo pagan sus adláteres, el secretario Martín Rondón es enviado a Oviedo y Baena, otro de los servidores de don Paquito, a Ronda.

   Tampoco se olvida el duque de Valencia del conde Clonard y su efímero gobierno. Clonard es destinado, en situación de cuartel, a Jaén; y el general Balboa, antiguo jefe de la policía fernandina, y cruel represor de carlistas en Castilla, a Ceuta. Curioso destino para él si tenemos que cuenta que tras la creación la policía española en 1824, Balboa, que la dirigía entonces, durante la estancia de los reyes en Aranjuez, se ocupaba de dar el parte con las novedades al rey. La reina Isabel de Braganza, conocedora de las infidelidades del rey felón durante sus correrías nocturnas, pidió a Balboa incluyera en el parte la siguiente nota: “Sepa Vuestra Majestad que no ocurre más novedad que la alarma de vuestros fieles súbditos, temerosos de que los aires fríos y húmedos de la noche ataquen vuestra prestigiosa salud”, lo que molestó al rey felón, que a punto estuvo de castigar a Balboa con el destierro al presidio de Ceuta. No iba a tener tanta suerte esta vez.

   La luz del ministerio relámpago se había apagado.

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LA HISTORIA DEL NICHO 1501

   Vicente García Valero había nacido en Valencia, en 1855. Muy joven, se había trasladado a Madrid con el propósito de labrarse una carrera como autor teatral y actor. Pero Vicente había dejado en la ciudad del Turia una novia: Emilia.

   Trabajaba entonces García Valero en la Plaza del Rey, donde el antiguo teatro Olímpico. Había sido aquel teatro escenario, antes de la construcción del Teatro Real, de memorables veladas líricas con asistencia de la reina Isabel, de sus amantes, unas veces; de los financieros, como el archirico marqués de Salamanca, dueño durante algún tiempo del coliseo; o de los espadones, mandamases de la política española entonces, como el tosco Narváez, otras; siempre en busca de conquistas, éstas civiles, de las divas del bel canto.

   Cambió más tarde el teatro de nombre. Pasó a conocerse como Teatro del Circo, y en él se ofrecían variadas funciones de cómicos, zarzuelas o espectáculos circenses. Pero quiso el azar que el 3 de noviembre de 1876 las llamas devoraran el local y con ello que García Valero, sin trabajo, aceptase una oferta de un empresario de Valencia, que precisaba de él para formar compañía en Játiva. Sin trabajo y con la novia en Valencia aceptó sin pensarlo dos veces.

                                                       *

   Mas la desgracia se cierne sobre el joven Vicente. Emilia sufre unas calenturas producidas por el tifus, y fallece. Vicente desconsolado enferma también. Ella, su amor, sólo tenía 18 años. Cuando se recupera, descubre que Emilia ha sido enterrada en una fosa común. No es ese el reposo que Vicente desea para su amada perdida. Pide permiso, pues, al padre de la difunta para exhumar el cuerpo y darle sepultura conforme al reconocimiento que por ella siente.

   Pero las cosas no resultan fáciles para el joven actor. Cautelas sanitarias y burocracias imposibles dificultan la operación. Tenaz en su voluntad, indaga. Averigüa, y cuenta en sus memorias García Valero, que el padre Civera,  cura de Santo Tomás y encargado del cementerio, hace y deshace en el camposanto. Decidido habla con él, le cuenta su apuro y su pretensión, que está dispuesto a todo. Y al día siguiente, tras localizar en el camposanto valenciano la ubicación precisa donde se inhumaron los restos de Emilia, todo queda arreglado con el pago de 250 pesetas por el nicho, título de propiedad y carta de pago con fecha del óbito de la difunta y otros suplidos especiales. Pasados dos días, el 24 de diciembre, día de nochebuena, todo se realiza con la debida discreción. Los restos de Emilia Vidal Esteve son depositados en el nicho 1501, y en la lápida colocada, inscrita la fecha del óbito: 25 de noviembre de 1876.




   Desde entonces, ya de vuelta en Madrid, todos los años, por el tiempo de Todos los Santos, García Valero hace llegar 30 o 40 pesetas para el ornato del nicho 1501, donde descansa su primer amor. Quiere además el destino que Vicente se case de nuevo, y que lo haga con una hermana de Emilia, que tengan una hija, a la que ponen el nombre de la hermana ida y que al poco la desgracia cause en él un nuevo dolor: el de la pérdida de ambas. Sin esposa, sin hija, desposa a su cuñada Amparo, la tercera de las hermanas Vidal Esteve.

                                                         *

   En octubre de 1912 las economías en casa de Amparo y Vicente no están para alegrías. Se acerca noviembre y ese año el escaso peculio disponible no es bastante para enviar a su hermano las cuarenta o cincuenta pesetas necesarias para adornar el nicho de Emilia, el 1501. No habría ese año flores ni huesos de santo ni caprichos, pero sí había urgencias y gastos que no admitían demora.

   Una de ella es una visita al odontólogo don Ramón Alcaide. Al terminarla, Vicente con su mujer abandonan el gabinete de don Ramón que está en la calle de la Montera, número 21, cuando en la casa de loterías que había frente a la iglesia de San Luis, en la misma calle de la Montera, aparece como una visión un billete a la venta con el número 1501, para el sorteo del día 10 de octubre.
   ─Cómpralo, llevemos un décimo, le incita Amparo.
   Y lo compran.

   Días después, al salir del teatro Apolo, donde trabaja, Vicente compra “La Correspondencia de España”. Al llegar a casa mira la lista de premios. El número 1501 está premiado, y con uno de los premios importantes. Vicente lo vuelve a mirar, Amparo lo comprueba. El décimo tiene un premio de 600 pesetas. Una fortunita.

   Aquel año, en el día de las ánimas, el nicho 1501 del cementerio de Valencia tampoco quedaría sin flores.

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EL MONUMENTO A COLON: ARTE E HISTORIA

   Si hoy está Colón magnífico, su dedo índice señalando la mar océana, impertérrito ante los avatares que en el mundo acontecen cincuenta y dos metros por debajo de sus pies, fue gracias al esfuerzo de catalanes que así lo quisieron, que en suscripción pública aportaron parte de lo que iba a ser necesario para alzar tan colosal monumento. Porque no fue fácil erigir el monumento a Colón de Barcelona. Previsto su término en el plazo de dos años, se demoró seis su inauguración. Una capa de escombros primero, un banco de arena y las filtraciones de las aguas del puerto después eran inconvenientes que no se resolvieron hasta encontrar a ocho metros de profundidad un banco de piedra sobre el que afianzar la cimentación. Tampoco financieramente las cosas fueron fáciles; lo que se pensaba podría sufragarse con la suscripción pública, ante el aumento de costes, precisó la ayuda del Ayuntamiento, que aportó el importe necesario para lograr un feliz término de la obra. También el Estado ayudó. Varias toneladas de bronce provenientes de cañones fundidos fueron entregados para su refundición en forma de arte. Así, finalmente, se pudo llevar a cabo un proyecto que ya había nacido en los papeles en tiempos de la Primera República, y que aquel viernes, 1 de junio de 1888, iba a ver la luz cuando, tras descolgar la gran bandera de España que lo cubría, don Práxedes Mateo Sagasta, en nombre de la Reina Regente, declarase inaugurado el monumento.


   Y es que se había puesto la primera piedra en tiempos de Alfonso XII, mas este rey, el pacificador lo llamaron, no alcanzó a ver erigida la colosal obra, que lo es si atendemos a un primer detalle: el dedo índice con el que el navegante señala el horizonte alcanza los cincuenta centímetros; medio metro que parece poca cosa si pensamos en los casi ocho metros de la estatua del descubridor del Nuevo Mundo o la talla de su pie, cuya pisada deja una huella que mide 1,20 metros desde el talón a la punta del pie. Pero si estas magnitudes pueden impresionar en un monumento de sesenta metros desde su base hasta la cima, no es menor la admiración que despierta la labor escultórica que los artistas catalanes desarrollaron en él.

   Bajo la dirección de don Cayetano Buhigas Monrova, que también había realizado el proyecto, muchos fueron los artífices artísticos del monumento: Josep Llimona realizó sobre el pedestal de granito adornado por ocho leones de bronce, obra de Vallmitjana parte de los bajorrelieves originales, con escenas de Colón y los Reyes Católicos. Gamot Pagés Serratosa, Eduard Alentorn y Rafael Atché realizaron diversos grupos escultóricos y el propio Atché, la colosal estatua del marino genovés. Y muchos más participaron en la obra, para que aquel 1 de junio de 1888 Barcelona recibiera muy ilustres visitantes para contemplarla por primera vez. Acudieron a la Ciudad Condal la Reina Regente doña Cristina, el presidente Sagasta, también varios ministros del gobierno y una representación del ayuntamiento de Génova, su alcalde, el señor Castagnola a la cabeza, que con el alcalde de Barcelona, el señor Rius y Taulet, y resto de autoridades locales asistieron a la inauguración del monumento a Cristóbal Colón, un homenaje al navegante, parte de la historia y obra de arte al mismo tiempo, que aún podemos admirar. 
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EL COSACO DEL DON

   Acaba de comenzar el año 1775. El conde Pedro Panin conduce un prisionero camino de Moscú. Confinado en el minúsculo espacio delimitado por los barrotes de una jaula, el cautivo se ha enfrentado al imperio. Ganó adeptos, formó un ejército y luchó. Como casi diecinueve siglos antes el tracio Espartaco, Emelyan Pugachev ha desafiado al poder y, como entonces aquél, Pugachev va a pagar cara su audacia.

                                                         *

   No era de extrañar tales adhesiones. Poco antes, en agosto de 1767, se había publicado en Rusia un ucase por el cual se condenaba al látigo, y a realizar trabajos forzados y perpetuos en el exilio siberiano, a los siervos y campesinos que se atrevieran a formular cualquier queja o protesta por el trato recibido de sus amos terratenientes. En realidad, el decreto de la zarina no era sino una vuelta de tuerca más en el estado de regresión al que las miserables capas trabajadoras estaban sometidas. En el reinado anterior de la emperatriz Isabel era posible para el amo déspota desterrar a sus siervos a Siberia, pero como hombres libres y, aunque lejos y en tierras ásperas, iniciar una nueva vida.

   Pero ahora, pese a que Catalina II había bebido en la fuentes de Montesquieu, de Beccaria o de Voltaire, con quien mantuvo una intensa relación epistolar, y estaba en contacto constante con quieres eran sus mejores propagandistas: Diderot o D’Alembert, entre otros, algunos de los cuales fueron generosamente, y puede que de modo desinteresado, agraciados por la liberalidad de Catalina, poco quedaba de sus ideales o sus iniciales propósitos de aliviar la situación de los siervos rusos. Si lo deseaba, no lo era tanto como para poner en peligro su trono, lo que podía suceder de no mantener los privilegios de los nobles y latifundistas rusos.




   No era ella la responsable de aquella situación, que era legado recibido, pero también herencia para sus sucesores. Durante el siglo en el que le tocó vivir, la situación de los siervos no había hecho más que empeorar.  Siempre atados a la tierra y el arado y a sus dueños, poco a poco la relación de obligaciones recíprocas entre siervos y amos se había deteriorado y desde los tiempos de Pedro I, prácticamente habían quedado reducidos a esclavos. No eran mucho más que animales o peor: cosas, objetos que podían ser vendidos en un mismo lote junto con otras propiedades de sus dueños.

   El diario de avisos “Noticias de Moscú” publicaba: “Se vende: domésticos y artesanos hábiles de buena conducta, a saber, dos sastres, un zapatero, un relojero, un cocinero, un carrocero, un fabricante de carretas, un grabador, un dorador y dos cocheros que pueden ser examinados y cuyo coste puede confirmarse en el 4º distrito, sección 3, en la propia casa del propietario, nº 15. También se venden tres caballos de carreras jóvenes, un potro y dos capados, y una jauría de perros…”

   Estas ventas eran frecuentes. A veces los individuos se vendían con sus familias, pero en ocasiones solos, rompiendo aquéllas los señores sin mayor miramiento. William Coxe era un religioso inglés que viajó en aquellos tiempos por Rusia y comprobó el maltrato sufrido por los siervos. Igual hizo el francés  Massón que sobre lo mismo dijo sentirse repugnado por la visión de un anciano de luengas barbas blancas, caídos sus pantalones y apoyada su frente en el suelo mientras era azotado; y en el colmo de la indignidad asqueado al ver cómo un padre de familia era fustigado por su hijo obligado por el amo de ambos. Aunque desde luego no siempre era así. También había amos paternalmente benévolos con sus criaturas.

                                                         *

   Era el panorama propicio para la protesta, para la revuelta. Pero hacía falta un líder, la persona con el valor y el arrojo de los que están dispuestos a todo por algo, un idealista o un loco. Y aunque quizá no se sepa bien cuál de las dos cosas fue, Pugachev fue el líder que rebeló a los miserables contra la injusticia.

   Dos años duró su loca aventura desde que en la primavera de 1773 había irrumpido en la región de los Urales al mando de una nutrida tropa, conquistando pueblos y agrupando gentes a favor de su causa. Declaraba ser el zar Pedro III ante campesinos y siervos descontentos por su misérrima existencia, que le creyeron o fingieron creerlo. Afirmaba haber escapado de la prisión a la que lo tenía forzado su esposa, la emperatriz usurpadora, y estar dispuesto a recuperar el trono y aliviar la pesadumbre que abrumaba a los siervos.

   En su avance grupos de cosacos y tribus tártaras, siervos de las haciendas arrasadas, de las minas o industrias de la región de los Urales y del Volga se unían al sedicioso. Su fama y su poder crecían paralelos y con el mismo brío. Pugachev y sus tropas sembraban el terror. Los nobles huían asustados y se refugiaban en las ciudades, y aun, buscando la mejor protección, en Moscú, mientras los siervos incrementaban las huestes del cosaco del Don, que en el colmo de su frenesí, como auténtico Pedro III redivivo(1), salvador de la patria y redentor de los siervos, estableció una corte de pacotilla en la que sus fieles recibieron los nombres de los personajes que  servían a la emperatriz Catalina. Individuos rebautizados con los nombres de Orlov, Panin  o un nuevo gran duque Pablo, como heredero del imperio, poblaban aquel escenario en el que  él se hizo acompañar por seis concubinas, a modo de damas de honor, remedo de los amantísimos favoritos de la Semíramis del Norte.

    Incluso la antigua capital moscovita, con el grueso de las tropas imperiales luchando en el Sur contra la Sublime Puerta, no parecía lugar seguro. El peligro de lo que dejaba de ser una revuelta para convertirse en una revolución hizo temer a la emperatriz incluso el asalto de Moscú por los rebeldes. Pungachev la amenazaba; hasta San Petersburgo, lejana, pero igual de desprotegida, se inquieta ante el avance incontenible de Pugachev y sus 15.000 soldados.

   En la primavera de 1774 el general Bibikov infringe una severa derrota al rebelde, que logra escapar de milagro. Rehecho, con un nuevo ejército, Pungachev inicia una nueva ofensiva. Tan deprisa como las derrotas lo ponen en fuga, se revuelve en feroces contraofensivas.

   Por fin, en el verano de ese año, Rusia y Turquía firman la paz. Con la victoria rusa, Catalina ha incorporado varios territorios del Cáucaso, logrado un acceso a Mar Negro y, con la independencia de Crimea, la posibilidad de su futura anexión a su imperio; pero además, la paz deja libres las tropas, y sin tardanza el general conde Panin se apresta a dar la batalla definitiva al desertor Pungachev, que una vez más, derrotado, cruzando a nado el caudaloso Volga, logra escapar. Pero su aura se apaga y algunos son los que por una recompensa y el perdón lo traicionan.

                                                        *

   El 10 de enero de 1775 la cabeza de Emelyan Pugachev rodó por el suelo moscovita. Sólo la “benevolencia” de la emperatriz evitó un cruel suplicio, al permitir fuera el reo decapitado antes que descuartizado, como estaba previsto. Aunque la revolución de Pugachev dio aviso de la necesidad de suavizar las condiciones de los campesinos. Así lo dijo Catalina a su ministro de Justicia  cuando le expresó: “Si no consentimos en disminuir la crueldad y moderar una situación que resulta intolerable a la raza humana, tarde o temprano serán ellos los que den ese paso”, lo cierto es que nada se hizo. Los nobles no eran de esa opinión y Catalina, la gran emperatriz ilustrada, defensora de las artes y de los principios humanitarios, según proclamaba, nada hizo; fue al menos en su trato a los siervos y campesinos rusos, mezquina y pequeña. Ningún otro zar, posteriormente, hasta Alejandro II, y sin efectos prácticos, mejoraría la situación del pueblo ruso. Todos sabemos las consecuencias de aquella ignominia.
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EL XIX. LA FIRMA DE LA REINA

   “En la noche del 28 de noviembre pasado se me presentó Olózaga con el decreto de disolución de las Cortes y me pidió que lo firmase. Yo respondí que no quería firmarlo, teniendo para ello, entre otras razones, la de que estas Cortes me habían declarado mayor de edad. Insistió Olózaga. Yo me resistí de nuevo a firmar el citado decreto. Me levanté dirigiéndome a la puerta que está a la izquierda de mi mesa de despacho. Olózaga se interpuso y echó el cerrojo de esta puerta. Me dirigí a la que está enfrente y también Olózaga se interpuso y echó el cerrojo de esta puerta. Me agarró del vestido hasta obligarme a rubricar. En seguida Olózaga se fue y yo me retiré a mi aposento”.


   Así cuenta Isabel, y transcribe el notario, tratando de justificar con evidente torpeza(1), la firma del decreto de disolución de las Cortes que Salustiano Olózaga, apenas transcurridos veinte días desde que fuera declarada mayor de edad, le había presentado para su firma, a una jovencísima Isabel que, con apenas trece años, no supo, no pudo o ni siquiera supo si podía o debía negarse a los requerimientos de un todavía joven y gallardo, y avezado Olózaga.

Firma de Isabel II. Fotografía tomada del libro
España histórica, de Antonio Cárcer Montalbán. Ediciones Hymsa. 1934.

   Fama tiene don Salustiano de galán. Tiempo atrás, cumplidos por poco los veinte años, cortejaba a una hermosa muchacha de quince, de nombre Dolores Quiroga, que lo rechazaba de continuo. Obstinado en sus pretensiones él, Dolores no vio otra forma de obligarlo a que la olvidara que hacerse monja, y algunas cosas cambiaron con su decisión. En la fe, que Dolores dejó de usar ese nombre, haciéndose llamar por otro de los que tenía, Patrocinio, y con sor Patrocinio se quedó, hasta que las visiones y los estigmas con los que el Espíritu Santo aseguraba la favorecía la convirtió en “La monja de las llagas”. Lo que no cambió fue el rencor despechado del pretendiente que, siendo gobernador de Madrid, mandó que la policía detuviera a la sor, a fin de aclarar el asunto de los estigmas, en lo que él consideraba eran manejos de una tramposa. Nunca se sabrá si lo fueron, aunque hubo sentencia que lo afirmó; pero sí que su fama se hizo grande y llamada a ser muy influyente en las camarillas cortesanas.

                                                         *

   Pero Isabel II no es Dolores Quiroga. Su carácter no le impulsa al rechazo, y Olózaga es muy apuesto. Su natural es, ya desde sus primeros años como reina, enamoradizo o caprichoso, a partes iguales. Y con Olózaga una u otra cosa, sino ambas, le ocurre. Y puesto que también es generosa, lo quiere premiar con el Toison de Oro. Había en palacio una de estas medallas. Era la que se había otorgado a José Bonaparte. Jugando, Isabel se la pone en el pecho a Salustiano,  éste se inclina rozando con sus labios el hombro desnudo de la reina(2), ella responde a la caricia:
    ─En cuanto sea reina, te entregaré una.


Retrato de la reina Isabel II, de Federíco Madrazo. Real Academia de Bellas
 Artes de San Fernando. Madrid. Este cuadro fue pintado firmado en 
1844 por encargo de la Academia pocos meses después de ser Isabel
 declarada mayor de edad por las Cortes. Tenía aún trece años.

                                                            *

    Y es aquel Olózaga seductor y fascinante a los ojos de la reina, pero calculador y ambicioso el que entra en el despacho de la reina aquel 28 de noviembre de 1843. El Presidente del Consejo presenta tres documentos a la firma de Isabel. Sin importancia dos de ellos, se refieren a condecoraciones; pero el tercero hace preguntar a la reina:
      ─¿Y éste, Salustiano? ¿por qué quieres disolver las Cortes?
     ─Es simplemente una cautela. Por si acaso, por si lo necesito en el futuro ─responde el Presidente.
    Y sin mayor reflexión la niña aún, reina desde hace veinte días, rubrica el decreto y Olózaga se dispone a dejar palacio.
  ─¡Ah, Salustiano! ─avisa Isabel─, ten, da esta caja de bombones a tu hija, y no la abras hasta llegar a casa.
     Olózaga está de suerte, al salir de los aposentos reales ve al coronel Dulce, de guardia esa noche. Con los dulces, regalo de la reina, en las manos, saluda al coronel.

   Pero al día siguiente la tormenta se desata. Enterada la marquesa de Santa Cruz, Camarera Mayor y sombra de la reina por ese tiempo, de la firma del decreto de disolución de las Cortes, clama al cielo y desesperada avisa a Narváez, ministro de la Guerra. No es don Ramón persona de paciencia y sí, por el contrario, de mucho genio. Escucha a la reina, que dice la verdad a medias, porque firmar sí, firmó, aunque no sabe muy bien, dice llorosa, qué, cómo ni por qué.

    Se llama al presidente del Congreso, Pedro José Pidal. Hay que anular el decreto, destituir a Olózaga. La reina firma lo que hace falta; pero el destituido no se arredra y prepara su defensa. Enseña los decretos firmados por la reina a varias personas, la caja de bombones, con la que sabe que el coronel Dulce le vio salir del despacho real, y acude a entrevistarse con Isabel. Cuando llega a palacio encuentra a González Bravo, quien será su sustituto, que le entrega un nuevo decreto firmado por la reina: “Por motivos graves que me reservo he decidido relevar a don Salustiano Olózaga de los cargos de presidente de ministros y Ministro de Estado”.

   Dos días después, el 1 de diciembre, en las Cortes, se inicia un debate contra Olózaga ─y en general contra los progresistas─, que da la batalla en defensa de su honor. Pero la suerte está echada de antemano y Olózaga, el 13 de diciembre, abandona Madrid por la puerta de Toledo camino del exilio. Como con la Monja de las Llagas, no olvidará la afrenta y hasta años después, en los años previos a la revolución, el rencor contra Isabel será patente en sus discursos.

(1) El más evidente que la puerta que dijo había cerrado Olózaga carecía de cerrojo.

(2)  Un gesto infame, por el abuso que suponía sobre la indefensa reina, aún en formación física e intelectual, eufemismo en realidad de otros gestos más osados, quizá consentidos, y contra los que Isabel, indefensa, pero propensa por su naturaleza, no supo o no quiso oponer resistencia, cuando la consideración social entonces no debe ser contemplada con los ojos de hoy, ante un hombre apuesto de personalidad arrolladora y sin escrúpulos. Téngase en cuenta que ya Isabel era mayor de edad, si bien su proclamación como tal era por necesidad, por carecer España de Jefe de Estado, de regente, María Cristina exiliada en Francia, Espartero lo mismo, pero en Inglaterra. Y téngase también en cuenta que pronto comenzaría un arduo proceso en busca de esposo para la joven Isabel que, finalmente contraería matrimonio el 10 de octubre de 1846, el día de su decimosexto cumpleaños, con su primo Francisco de Asís de Borbón. Nadie la consideraba ya una niña, aunque lo fuera.

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LA HISTORIA EN LA ÓPERA

   Ayer asistí a la ópera “Un ballo in maschera”, de Giuseppe Verdi. Por no distraer con lo personal, que poco interés puede tener para el lector, aunque mucho para el que esto escribe, no hablaré de las circunstancias que me llevaron a presenciar este espectáculo, ni la satisfacción grande que me ha producido; pero sí de la doble historia que encierra.

   Porque las óperas, como sucede con otros espectáculos, pero en aquéllas de modo muy particular, a la historia, a los acontecimientos pasados en los que muchas veces, si bien fantaseados, se basan los libretos, se une la intrahistoria, la pequeña, y a veces no tan pequeña, historia de los hechos que la propia obra produce fuera de los escenarios.

  Ambientada en Boston a finales del siglo XVII, con su gobernador como protagonista ─así se estrenó y así quiso Verdi que permaneciera─, todos sabían que aquél representaba en cierto modo al rey Gustavo III de Suecia, cuya muerte a tiro de pistola ya había sido escrita para otras óperas unos años antes. Historia de amor y remordimientos, celos y deslealtad que disfrazaba pero no ocultaba, en la Italia del Risorgimiento, recuerdos del pasado y temores del futuro de una Europa convulsa.  

   Gustavo de Suecia había llegado al trono joven. Rey absoluto, ilustrado, déspota, en fin, cualidades todas de su tiempo, quiso poner a Suecia en alto lugar. Para ello no dudó en acercarse o atraerse otras naciones, como unas veces, la amistad de la Rusia de Catalina la Grande, de atributos similares a los suyos, pero en cantidad y calidad superiores, o atacarla militarmente otras, siempre sin éxito.
                                                                   
   En 1792, turbada Europa por los acontecimientos franceses, Gustavo III parecía gozar de una relativa comodidad. Acababa de guerrear con Rusia y aunque las finanzas suecas no eran buenas, había paz; pero no todos están contentos. En marzo de 1792 un grupo de nobles tienen trazado el plan. El día 16, se celebra en el Teatro Real de Estocolmo un baile de máscaras. Asiste el rey Gustavo, que poco antes había sido advertido de la intriga, pero imprudente asiste: “Veamos si se atreven”, se le oyó decir.

   Y vaya si se atrevieron.  Jacob Johan Anckarström fue, al parecer el azar así lo quiso, el autor material del disparo hecho sobre las espaldas del rey, que resistió aún varios días herido, antes de que la infección acabara con su resistencia y muriera.
               



   Tomando como base un libreto anterior de Eugène Scribe, con el atentado contra el rey Gustavo III de Suecia que acabó con la vida del monarca ilustrado, a nadie se le escapa que el protagonista bostoniano de la ópera de Verdi, con el nuevo libreto de Antonio Somma, es el propio monarca sueco. Téngase en cuenta que la obra fue titulada por el propio Verdi: “Gustavo III, re di Svecia”, y es aquí precisamente donde comienza esa otra historia de “Un baile de mascaras” de las que les hablé.

   Estaba prevista, con aquel título, su primera representación en el Teatro San Carlos de Nápoles, pero en aquellas tierras reinaban los Borbones. No era el Reino de las Dos Sicilias el mejor lugar para representar un regicidio, por más que la historia contada se desposeyera de tinte político y se centrara en otras pasiones. Al cambio de nombre, la censura napolitana quiso imponer otros caprichos, modificando el libreto. Verdi y Somma se avenían con mayor o menor enojo, pero ocurrió en Francia el atentado contra Napoleón III y la censura se endureció aun más. El título, las escenas, el lugar, el tiempo, todo debía cambiarse. Naturalmente el asesinato ya no debería verse en escena, y ni siquiera el baile de máscaras podría representarse.

   Si todo había que cambiarlo, Verdi enfurecido se negaba a todo también; pero unos meses después Roma llamó al maestro. En el teatro Apolo “Un ballo in maschera” iba a tener su oportunidad. Qué duda cabe que en Roma la censura papal existía, pero se mostró mucho más benevolente, y el 17 de febrero de 1859 don Giuseppe veía el estreno de su obra tal como, tras las modificaciones iniciales, la concibió.

   Muchos han sido los lugares donde, con éxito, ha sido representada, el “penúltimo”, en 2002, con una adaptación especial, en Suecia, larga espera, sin duda; y la última, posiblemente, aunque con una escenografía mejorable, la felizmente contemplada por quien esto escribe, ayer.
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